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| Francis Bacon. Crucifixion (1933) |
Hola:
Vale la pena recorrer brevemente esa especie de aventura ridícula que algunos llaman «proceso creativo», pero no como una forma de pergeñar la propia incapacidad compositiva, sino como un acercamiento tentativo o un análisis pragmático sobre la posible efectividad de la misma. En pocas palabras: me voy a la cocina a sonarme las narices. ¿Por qué a la cocina? Muy sencillo, porque allí cuelga -desde un dispensador extraordinariamente moderno- el papel de cocina con el que normalmente me las adecento. Podría meter la napia en el lavavajillas o incluso en la lavadora, pero el resultado no sería el mismo, es decir, esa limpieza natural y exagerada que solo de una forma completamente manual puede ser llevada a cabo con las mayores garantías de éxito.
Podemos dotar de un sentido meramente sociolingüístico a cada afirmación deíctica sobre cualquiera de los procesos de los anteriores enunciados, o por lo menos de los anteriores enunciados desarrollados hasta el primer punto y seguido. Pero entonces, es posible que la jaqueca vuelva a mi cabeza y no tenga más remedio que abrir el cajón donde guardo los medicamentos y comerme media caja de ibuprofeno y un cajetín de cualquier marca de ansiolíticos cuya composición esté formada principalmente por hidroxicina en un porcentaje superior a la media. Es lo que sucede cuando se quiere abarcar más de lo recomendable, intelectualmente hablando, por supuesto.
Dentro de este incipiente desasosiego que se entroniza en mi cerebro… ¿tengo cerebro? Yupiiiiiiiiiiiiii. ¡Qué feliz que sou! Perdón, quería poner «soy» pero me salió «sou». Repetiré la exclamación de alegría por si alguno de mis lectores se ha incorporado tarde: yupiiiiiiiiiiiiii. Y ahora, después de casi tres párrafos inútiles, voy a reintentar recorrer brevemente esa especie de aventura ridícula de la que hablaba en la primera línea y que a mí, en numerosas ocasiones, me la pone tan blanda como un polímero plástico gelatinoso.
Greg
