![]() |
| Craig LaRotonda. The invitation (20th century) |
Hola:
¿Recuerdas mi ensayo Los jihos de tupa? Pues los máximos cabecillas de la editorial creen que el título puede ser confundido con «Los hijos de puta». Por lo tanto, en lugar de sollozar al editor y a su madre, una grandísima jiha de tupa de la peor calaña, he decidido guardar el texto en el cajón de mi despacho junto a otros manuscritos y originales rechazados por una u otra razón. Es probable que dentro de un año o dos pegue fuego a dicho cajón conmigo en su interior, pero antes tengo que descubrir la manera de autodescuartizarme para poder entrar adentro sin necesidad de convertirme en una estrella ordinaria -aunque en ciernes- del gerontocontorsionismo estrafalario.
Cambiando de asunto, hoy he dedicado parte de la mañana a rememorar. Sin embargo, cuando alguien me ha recordado que rememorar no es adherirse a algo como una rémora he dejado de mala gana el sofá y he bajado a la calle. Es curioso, si viviera en el infierno, quiero decir, en el verdadero infierno tal y como lo perciben los religiosos, en lugar de bajar a la calle, hubiera tenido que subir a la calle. Y si en lugar de vivir en el infierno o en mi casa (ambos lugares indistinguibles) no habitase en ninguna parte, no tendría que preocuparme por si resulta más «cool» subir o bajar o incluso permanecer en esa especie de horizonte aparente en la que actualmente yace estancado mi Aquí y Ahora.
A menudo pienso en Orozco y Samuel, los calcetines que mejor interpretaron su preestablecido rol en mis pies. Hace más de cuatro décadas que desaparecieron en la lavadora y todavía los recuerdo con cariño. Miro sus fotos y la tristeza me invade. Miro a la tristeza y sus fotos me invaden. Miro las invasiones y tanto sus fotos como la tristeza me reinvaden. Todo es oscuro en mis días y mis noches. ¿Sabes? No me importaría en absoluto desaparecer para aparecer de nuevo cuando nadie se lo esperase. Estoy harto de ver cómo los pocos amigos que todavía me quedan se mueren uno tras otro. Aunque no sé si es mejor que la palmen todos de golpe o en perfecto orden según sus enfermedades mortales. Hace bastantes años ya perdí a cinco de golpe en un accidente de circulación. Supongo que desde ese instante todo empezó a importarme un pito.
A mi lado hay un Ficus lyrata que me mira. Sin embargo yo solo tengo ojitos para la Dieffenbachia. Cualquier día me la comeré entera y gracias al potencial de su veneno me convertiré en piltrafa inmortal. Lo de inmortal es un chiste malo, porque no creo que nadie me recuerde cuando deje de dar saltitos continuados para proclamar mi existencia. Tampoco es que me importe demasiado. En estos momentos lo único que realmente me importa es obtener una respuesta válida para esa pregunta fundamental que continuamente enseña las patitas por debajo de la puerta de mi sesera y que no voy a transcribir en este texto, básicamente porque nadie nacido de útero materno puede ser capaz de responderla.
Ggggreg
