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| Francisco de Goya. Viejo columpiándose (1826) |
Hola:
No suelo ver la televisión, por esa razón mi cerebro todavía no se ha licuado, pero ayer cometí un tremendo error: vi un programita donde una tipeja de unos veintitantos -y según ella con dos carreras, aunque yo supongo que en las medias- tildaba de abuelos a la gente mayor de cincuenta años. Mi primer impulso tras escuchar esa mierda fue intentar averiguar su domicilio para enviarle por correo ordinario una mamba negra cabreada y con serio estrés potencial, pero pasados unos segundos me tranquilicé, seguramente al pensar que dentro de unos veintipocos años ella también sería una abuela, y a juzgar por su rostro, extraordinariamente similar al de una coquilla flexible, no de las más atractivas. Nada más apagar la tele con un rápido y asombroso movimiento del dedo índice que casi traspasa el mando a distancia, me dediqué durante un par de medias horas a meditar sobre la senectud y sus misterios más insondables, pero no llegué a ninguna conclusión gratificante y tuve que recurrir a los ansiolíticos y a los sedantes. Y pronto me quedé dormido sentado en el sofá…
La primera imagen del sueño fueron los títulos de crédito de apertura, tan largos como una escalera al cielo y con una banda sonora que por un momento me recordó a algunas de las canciones más famosas de Gaby, Fofó y Miliki, con Fofito. Pero afortunadamente en cuanto empezó lo que realmente era el verdadero sueño, todo mejoró sustancialmente. En la primera escena pude contemplar como una lengua humana de unos setenta metros de longitud desde el dulce o punta hasta las papilas calciformes, trataba de lamer un pezón femenino de tamaño natural fabricado en Singapur. La siguiente escena mostraba claramente cómo el pezón manufacturado se transformaba en unas natillas de chocolate y la inmensa lengua en una cutícula angloparlante, pero justo cuando las natillas comenzaban a desnudarse de una manera sicalíptica y sucia, sonó el timbre del móvil y la integridad estructural del sueño se hizo añicos. Al otro lado de la línea una señora me proponía mantener relaciones sexuales con un pimiento lamuyo bastante joven e inexperto por un módico precio, por lo que enseguida entendí que la llamada formaba parte del sueño y que este se dividía en dos o más subsueños. Cuando estaba a punto de decirle a la tipa que yo era doncello el sueño dio un vuelco y de repente todo estaba negro. Unos minutos después el negro se transformó en verde y luego en azul. Pero por algún motivo el azul era similar al rosita, por lo que mi cuerpo empezó a ponerse rígido. Afortunadamente tras los colorines surgió de la nada una mano incolora que me mandó -mediante gestos perfectamente comprensibles- directamente a la puta mierda. Ese fue el final del sueño, pues los títulos de crédito de cierre no dejaban lugar para la duda.
Greg
P.S.
Me encuentro pantanosamente manzanoso…
