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| Edgar Degas. Criminal physiognomies (1881) |
Su rostro no era demasiado agraciado ni su cuerpo estaba especialmente equilibrado, pues sus piernas al «estilo Genu varo» y su cabeza, grande y pesada como un MRAP y engalanada con una boca presidida por unas inmensas mandíbulas casi faríngeas, le proporcionaban aspecto de coleóptero polífago. Sin embargo era una mujer excepcional y fue la mejor seccionadora que trabajó para mí hasta el mismo día en que los polis me detuvieron y me obligaron a delatar a mis colaboradores. ¿A mis colaboradores? Creo que antes de proseguir debería presentarlos:
Manuel Olivero. Alias «Didelfito». 43 años. Natural de Vigo. Quizá uno de los mejores disolvedores de cuerpos humanos en ácido de Europa. Ganador absoluto del Gran Premio de desleidores menores de 50 años en 1999, 2000, 2001, 2002, 2007 y 2014. Finalista en los años 2003, 2004 2008 y 2009 y galardonado con uno o varios accésits de consolación en los años 2005 y 2006. Mientras estuvo a mis órdenes disolvió a más de 30 tipos y sus cuerpos desaparecieron para siempre. Nunca me causó ningún problema y lo único que puedo decir de él -a pesar de ser un poco imbécil, mentiroso, torpe, envidioso, lento y preguntón- son cosas buenas.
Carlota «Anaranjada» Ferrándiz. 38 años. Nacida en alguna parte de ninguna parte, pues nunca quiso contarme nada de sus orígenes o de su familia. De hecho cada vez que le preguntaba algo sobre dichos temas me respondía: «Qué eres tú? ¿El puto CNI?». Carlota era una embaucadora de primera y experta en desnudarse en menos de 11 segundos. La velocidad lo es todo cuando quieres que un tipo se ponga cachondo. Y cuando un tipo se pone cachondo e intenta demostrar su hombría a la mujer que tiene al lado, es muy sencillo desvalijar su casa y a sus familiares sin tener que usar demasiado la violencia. Aunque en toda mi carrera profesional he ordenado desmembrar -y hacer desaparecer sus despojos- a más de 70 personas, sigo odiando la jodida violencia física. Y eso lo saben todos los que me conocen.
Shung Zarrabeitia. Sin alias. 29 años. Nacido en Valencia aunque de origen chino-vasco. Al principio se encargaba de prepararme los cubatas y comprarme el tabaco, pero cuando dejé de beber y fumar, pasó a formar parte de la banda por méritos propios. Lamentablemente su permanencia terminó repentinamente el día en que descubrió su verdadera identidad.
A menudo pienso en el suicidio. No es que lo haya intentado alguna vez, pero fantaseo con ello. ¿Soy un suicida? No lo sé. Es posible que si no tuviera miedo a los espíritus de los tipos y tipas a los que he golpeado, matado, descuartizado y enterrado, ya estaría muerto hace bastantes años. Vivir me produce dolor de estómago. Pero morir implica todavía mayor sufrimiento. No soy demasiado resistente al dolor corporal, por lo tanto sigo con vida. Y con dolor de estómago. En ocasiones, cuando el suplicio es insoportable tomo pastillas y me hago infusiones de manzanilla y rabo de gato. Sin azúcar, solo con sacarina o miel de la granja San Francisco.
Si pudiera ser capaz de elegir, elegiría ser mi madre. Por supuesto antes de que conociera a mi padre, ese ser repugnante, vil y tormentoso que no me enseñó absolutamente nada durante los veinte años que viví en su casa. La verdad es que el pobre tampoco sabía demasiado. Recuerdo la única vez que me abrazó. Nunca supe el motivo que le impulsó a intentar semejante hazaña, pero cuando fui a agradecérselo descubrí que se había transformado en un aparador de madera de paulonia con dos puertas y cuatro cajones.
Y ahora supongamos… supongamos por un momento que admito que cada día estoy más viejo y soy más tonto. Eso sí, en lugar de admitirlo delante de testigos, lo hago en la callada soledad que proporciona una cueva perdida en un sistema montañoso, y sin pronunciar con claridad cada una de las palabras que conforman esa frase. Y puestos a suponer, supongamos también que mientras siento un precedente con semejante afirmación, estoy pelando un puerro de la variedad «Argenta», pues en esa cueva hay una cocina perfectamente pertrechada y me suministran los vegetales por medio de un helicóptero. Quiero decir… si nadie me escucha… solo el puerro… ¿Debería cerrar el pico más a menudo y comportarme de una manera un…? Es decir… No me preocupa el puerro, pues sé que no hablará. Ni el piloto del helicóptero ya que, de acuerdo a mi intuición, se acostaría con la hermana de Manuel y el hermano de Carlota. No al mismo tiempo, supongo. ¿Qué más da? Lo único que verdaderamente me preocupa es que no se me tome en serio. ¡A mí! ¡Al troceador de la ronda norte!
Ayer dejó por fin de pesarme la cabeza. Pero comenzó a pesarme una rodilla. La derecha. Justo la que utilizo para aprisionar y hacer palanca en los cadáveres cuando les paso la sierra mecánica. Ignoro de qué manera lo haré a partir de mañana. Sí, he decidido cargarme al piloto del helicóptero, aunque solo existe en algunas de mis suposiciones. Pero si fuera capaz de ejecutar a alguien que realmente no existe sería un triunfo magnífico. Puedo imaginarlo… pedacitos desmembrados de un ser que nunca existió tirados sobre el suelo de vinilo, que es el más resistente y el que mejor se adapta a cualquier apariencia o circunstancia.
Cuando desmembro a alguien, con o sin ayuda de Carlota y Manuel, intento hacerlo lo mejor que puedo y con el mayor respeto posible para las víctimas. Nunca fumo delante de los trozos. Si me apetece un Winston, me quito los guantes de látex y me asomo a una ventana a ventilármelo. Si me apetece un pastel, me pongo el sombrero y me acerco a alguna panadería. Porque aunque resulte extraño, en las panaderías venden pasteles, pero por el contrario no en todas las pastelerías despachan pan. ¡No lo acabo de entender! ¡Y es algo que me saca de mis casillas! ¡Y de mis hogarillos! ¡Y de mis viviendillas! ¡Y de mis domicilillos! ¡Estoy enfermo! ¿Cómo es que todavía nadie se ha dado cuenta?
Delante de mí hay algo. Detrás de mí hay otro algo. A cada lado, es decir, a la derecha y a la izquierda, hay un par de algos. Cada uno de esos cuatro algos son diferentes en su concepción, pero no por eso dejan de ser algos y de pertenecer a una intensidad imprecisa o a una cantidad indeterminada. Si me adelantara cinco o seis pasos, los algos harían lo mismo. Si me tumbara sobre el suelo (de Leroy Merlin) los algos se tumbarían conmigo y a mi lado. Si me arrojara desde la terraza los algos caerían junto con mi cuerpo. Y acabarían cubiertos con mi sangre y revestidos con mis vísceras. La gente miraría lo que anteriormente fue un cuerpo, pero nadie repararía en ninguno de los algos. Porque cada algo es bastante poco y pertenece a los «no del todo». Los «no del todo» son innombrables y aunque intentan justificar sus existencias designando cosas, no siempre son capaces de lograrlo. Porque una cosa puede llegar a ser algo, pero también nada. Y nunca una jodida nada sería tachada de algo por alguien que tuviera un poco más de dos dedos de frente.
