Email del 15 de noviembre 2018

Lucian Tidorescu. Heroin (2012)

Hola:

¡Hace más de treinta años yo pillaba todos los días! Heroina, por supuesto. Ir a por ella era una aventura terrorífica. Quizá más que chutármela en las venas. Pero no tenía otro remedio, estaba enganchado. A menudo me presentaba en las chabolas de los gitanos con un cuchillo de más de veinte centímetros de hoja escondido debajo de la camisa, pues sabía que en cuanto saliera por la puerta cualquiera podría matarme para robarme la jodida papelina con el codiciado y jodido caballo, que a veces ni siquiera era caballo, sino cal rascada de las paredes o cualquier mierda arenosa de color blanco o marrón. Un día, cuando me encontraba parapetado tras un arbusto tratando de que la sangre circulara por la jeringa sentí algo frío en el cuello. Era una navaja oxidada, repleta de sangre coagulada y suciedad de todos los colores existentes en el espectro visible. La mano que la sostenía estaba cubierta de tatuajes talegueros y venas costrosas. Cuando giré con mucho cuidado la cabeza, el tipo solo me dijo que me sacara la chutona y se la diera. Le importaba una mierda que estuviera mezclada con mi sangre. Lo único que deseaba era adormecer el dolor. ¡El dolor que provoca el mono! Si me hubiera negado, ese tipo, ese zombi, hubiera acabado degollándome. En esa época lo único que verdaderamente me importaba era lo mismo que a él o a cualquier otro yonqui, así que hice como que se la entregaba, aunque lo que realmente le entregué fue un patadón tremendo en la cara y me puse a correr, a huir con el tesoro entre las manos.

Ya han pasado casi cuatro décadas, y aunque todavía huyo, no es por nada que tenga que ver con los malditos estupefacientes. Ahora escapo de la estulticia. ¡Y de las panaderías que se forran a base de vender pan precocido congelado! A veces también huyo de mí mismo. Y de algunos de mis otros «yo mismos». Y de casi la totalidad de vuestros «mismos», que no son más que mismos y mismos y mismos. ¡Joder! Acaba de acercarse un gato. Y ahora me mira a los ojos. ¿Qué le he hecho yo a ese minino? ¿Qué es lo que puede querer de mí? Yo no tengo nada. ¡Todo lo que poseo se podría meter en unas mil cajas amplias! O quizá en varios miles de cajas menos holgadas. O en un contenedor marítimo. O en las bodegas de un Antonov AN-225. ¡Vaya! Parece que el gato se ha aburrido con mis lloriqueos y se ha largado. ¡Mejor! Me gusta quejarme en soledad. Sí, soy consciente de que lamentarse en soledad es una completa estupidez, pero de esa manera puedo acariciarme y besuquearme, y otras muchas acciones que terminan con «arme» sin provocar la lascivia incontrolable de nadie.

Creo que debería pedirme perdón. Pero no lo voy a hacer. No voy a rebajarme ante mí. Sí, sí, el mí de antes, el del «mí mismo». Si lo hiciera es posible que terminara acostumbrándome. Pero si me acostumbrara y acabara sollozando un estúpido perdón, ¿sería factible concedérmelo? ¿Y deducible? Si no lo hiciera, ¿sería tan increíble? Nada es como parece. Por lo tanto todo es desigual. Y al ser desigual es poco natural. Lo natural se supone que está poco forzado. Pero si no fuerzo no evacúo. O evacuo, sin tilde. Pero si no evacúo al final me duele el estómago. Y siempre que me duele la barriga acabo pensando que padezco un cáncer en estado metastásico.

Greg