Email del 14 de noviembre 2018

Paul Klee. In memoriam (1938)

«Se me acercó un cholo con la cabeza cubierta por la capucha de la sudadera y me pidió un euro. Mi primera impresión fue que una especie de radomo parlante proveniente de una dimensión desconocida quería atracarme, por lo que saqué la pipa y le descerrajé 9 tiros perfectamente repartidos por el cuerpo. Cuando me di cuenta de lo que había hecho me entró sed y hambre y me dirigí al Bar de Tomás y Juanita a beberme una cervecita negra y a picar algo. Estoy seguro de que pedí calamares, pero Juanita II, la hija de la mujer de Tomás, me trajo boquerones y a punto estuve de estrangularla con la bufanda del tipo que estaba sentado en la otra mesa. ¡La ira me consume! No soy capaz de sacar de mi interior la bondad que mi madre decía que atesoro. Necesito ayuda o sé que volveré a matar, aunque la verdad es que disfruto haciéndolo.»

Así se expresaba Fermín Tena, para los amigos, «el gatito montés de Roncesvalles». Fermín era un psicópata ilustrado. Su familia se trasladó de Pamplona a Valencia a principios de los sesenta, por lo que tuve ocasión de tratarlo desde muy joven. Al principio era un chaval normal -como todos nosotros- y se integró estupendamente en nuestra pandilla, pero a partir de los trece años comenzó a hacer cosas raras y su padre lo internó en un colegio especializado en el tratamiento de problemas de comportamiento y conductas de riesgo. Allí permaneció durante cinco años. Cuando salió a los dieciocho era un tipo completamente diferente. Y peligroso.

A veces voy al cementerio a hacer fotografías. Es un lugar donde, si se dispone de una buena cámara y tiempo, se suelen conseguir imágenes interesantes. Generalmente paso por su tumba, la tumba de Fermín, y recuerdo su último día como mortal. Aunque jamás hago fotos de su nicho. Supongo que para que este texto tuviera algún sentido debería escribir de qué manera o de cuántos disparos efectuados por polis y picoletos fue muerto «el gatito de Roncesvalles». ¡Pero a menudo las cosas no tienen sentido! Simplemente murió. Y yo me sentí exultante, porque encontrarme con él en cualquier calle era siempre un verdadero problema.

Cuando lo mataron, sus padres y su hermano regresaron a Auñamendi y nunca volví a saber de ellos. Hasta ayer. ¿Por qué todos los ayeres suelen ser tan disfuncionales? Me encontraba tumbado sobre el césped del parque cuando de repente alguien me llamó por mi mote. Un mote que no había sido pronunciado en décadas. Me incorporé y allí, delante de mí, no había absolutamente nadie. Nada más entrar en mi casa sonó el teléfono. Mi madre me preguntó si todavía recordaba a los Tena. Cuando le respondí que eran una familia que nadie podría olvidar, me soltó que habían muerto en un accidente de tráfico. Que los Doménech acababan de llamarla para contárselo y que ella iba a llamar a continuación a los Contreras y a los Muñoz para comunicárselo. Ah, y que si yo podía, por favor, telefonear a los Rodríguez y a los Gutiérrez y darles la noticia. Por supuesto que le respondí que sí. Aunque la verdad es que no sé ni me interesa saber quién cojones son los Rodríguez o los Gutiérrez.

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