![]() |
| Kurt Schwitters. Something or other (1922) |
Querida amiga:
Hace muchos muchos años, un príncipe malvado… ¡Joder, no! Lo intentaré de nuevo. Hace muchos muchos años, cuando todavía no era un adulto y veraneaba en el pueblo de mi madre, vi un ovni trazando movimientos extraños sobre el cielo. Bueno, eso me pareció en ese instante, aunque para mi abuelo Vicente lo que yo había confundido con un objeto volador no identificado no era más que un pájaro grande con serios problemas de motricidad. ¡Y puede que tuviera razón!. Lo primero que hacía todas las mañanas nada más levantarme era abrir la ventana de mi habitación y contemplar a los estorninos, las grajillas y los cernícalos primilla volando majestuosamente. Ahora, es decir, desde que vivo en la capital, solo veo gorriones, pero no me desagrada en absoluto. Amo a los gorriones y a las gorrionas. Y a los gorrioncillos, que son los polluelos de los gorriones y las gorrionas adultas. Y también me amo a mí. Y amo a mis plantas y a mis bichos. Y hasta puede que incluso a mis padres, hermanos y a unos pocos amigos. Sin embargo, estoy convencido de que amar es marrar. Excepto cuando amas a cualquier ser vivo que no te ame a su vez, ya sea porque no está predispuesto genéticamente a perder el tiempo con paparruchadas pueriles o porque en esos instantes tiene algo mucho más importante que hacer.
En mi casa hay una habitación. En realidad hay tres habitaciones, pero en una de ellas es donde sucede todo. Allí oculto látigos, fustas medievales, vergajos y flagelos. Nadie está autorizado a entrar en ese cubículo sin una autorización sellada y firmada por Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra. Pero como Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra no existe, no puede emitir ninguna clase de permiso, visado o salvoconducto. Ni siquiera su retoño, Hijo de David e Hijo del Hombre -también un personaje inexistente al que sus adoradores llaman Jesús de Nazaret- puede hacer nada al respecto. Por lo tanto, salvo cacos despistados o apariciones ectoplasmáticas de última hora, yo soy la única fuerza de la naturaleza capaz de sacar partido a todo lo que se encuentra guardado en cada cajón, cada armario o cada vitrina del «aposento donde no puede existir amor», que es como llamo a dicha estancia.
Los cocineros artistas, esos que se creen reencarnaciones gastronómicas de Caravaggio, Mozart o Shakespeare, suelen decir que la cocina está llena de amor. Me imagino que no es más que una boutade, un hibris, una gilipollez sin sentido. Ellos saben bastante de sinsentidos, pues solo algunos humanos pertrechados a partes iguales con prepotencia, memez e ignorancia son capaces de denominar a sus platos con nombres kilométricos que no significan absolutamente nada. Yo creo que en el único sitio del planeta donde realmente puede existir amor es en ningún lugar. Y creo que sé de que hablo, pues he convivido en innumerables lugares, donde si mirabas bien, enseguida te dabas cuenta de que ese lugar no era un lugar. Puede que fuera algo, pero algo no es demasiado. Se necesitan más pistas para poder ser capaces de inventar un nombre para cualquier cosa. Cualquier cosa eres tú, yo, el príncipe malvado de la primera línea, mi abuelo Vicente, cada uno de esos inútiles cocineros artistas e incluso Dios, Padre todopoderoso, Creador del Cielo y de la tierra y su retoño, Hijo de David e Hijo del Hombre, también llamado Jesús de Nazaret. Sin embargo, Caravaggio, Mozart o Shakespeare, por nombrar solo a tres extraordinarios extraterrestres, representan a un Todo inconmesurable que está por encima de lo que el resto puede llegar si quiera a imaginar con la ayuda de un hongo psicotrópico. Orson Welles tenía razón cuando dijo que el mundo ha seguido rodando gracias a 1000, 2000 personas increíbles, y que el resto, es manada.
Creo que me estoy poniendo metafísico, quizá incluso un poco escolástico. Y siempre que me pongo así, termino diciendo sandeces. Pero, ¿qué es una sandez? Una sandez es algo. Y ya sabemos, pues lo he escrito unas líneas más arriba, que algo no es demasiado. Es un poco, en ocasiones un poco más que un poco, pero la mayor parte de las veces, es casi nada. Y en mi estado emocional, casi nada debería ser casi todo, pero no deja de ser casi nada.
Greg
PD:
Me encanta escribir con la televisión encendida y con el volumen bajado a tope. De esa manera cuando levanto la mirada de la pantalla del ordenador puedo ver lo que en esos momentos están emitiendo, que por lo general suele ser nefasto para la salud mental, y me obligo a volver a la dichosa hoja de Microsoft Word. Hace un rato, cuando intentaba terminar el cuarto capítulo de mi Introducción breve a la geografía anal, un ensayo que estoy escribiendo sobre las columnas de Morgagni, he reparado en que en el canal que tenía sintonizado estaban poniendo una peli japonesa de monstruos, realizada seguramente para exaltar intelectualmente a los millones de anormales que pueblan este sufrido planeta. El título del film era Gamera, el guardian del universo, pero igual hubiera dado que se llamara Gamera en Formentera. Gamera es el nombre de una tortuga gigante que mide 70 metros de altura y que en numerosas ocasiones ayuda a los hijos del sol naciente a luchar contra el resto de monstruos descomunales que la tienen tomada con Japón, y que representan al mal en todas sus formas posibles.
