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| Adriaen van Ostade. Sense of smell (1635) |
Querida:
Hace nueve años escribí un ensayo titulado La necesidad de apestar, que trataba básicamente sobre mi extraordinario olor corporal. En ese tratado explicaba como mi cuerpo desprendía efluvios similares a los que desprenden los frutos del bosque, aunque no me duchara en años. Por alguna razón que todavía desconozco, jamás me atreví a enviárselo a ningún editor y, desde entonces, ha permanecido tirado dentro del mismo cajón donde guardo los calcetines que han de ser zurcidos y que no son zurcidos, más que nada porque todavía no he aprendido a zurcir. No me entiendas mal, soy capaz de remendar o incluso pespuntear, pero no de zurcir. El texto del ensayo está repleto de deíxis y catáforas, quizá esa sea la razón de mi desconfianza a la hora de tratar de publicarlo. Para ser más exactos, hay 7.562 deíxis y 23.008 catáforas en las 325 páginas que comprenden los 14 capítulos que forman la disquisición. Pero mejor -y como hago siempre- te transcribo unos pocos párrafos para que te hagas una idea de los vericuetos por los que deambulaba mi cerebro en aquellos tiempos:
«Los esfuerzos por transpirar como cualquier ser humano fueron temporalmente frenados por la burocracia sanitaria, que me obligó a lavarme las axilas un mínimo de dos veces cada nueve días los meses pares, y tres veces cada siete días los meses impares. Al final se llegó a un acuerdo no demasiado desfavorable y se me permitió estar 28 días sin mojar los sobacos con agua y jabón todos los febreros de cada año bisiesto. Aunque dicho convenio fue funesto para mis ahorros, pues el abogado que curso mis demandas me cobró una minuta desproporcionada y no tuve más remedio que cambiarme de domicilio para no tener que pagarle.»
«Las dificultades durante esa maldita época de transición, tanto en su contenido como en su forma, transformaron mi miedo en pánico y en terror. A partir de esos momentos mis interacciones en el seno de la colectividad pasaron a ser mucho más enrevesadas y obsesivas, y al final acabé ingresado en un hotel de cinco estrellas cuyo director me recordaba a una ablación y con el que me llevé excepcionalmente bien hasta el día que decidí escaparme por la ventana del piso decimotercero.»
«Puede parecer demasiado poético o incluso totalmente inaceptable, pero si la gente quería respirar cerca de mis sobacos o de mi trasero, debía poner un precio simbólico. La verdad es que nunca se me habían dado bien los simbolismos, pero eso de llevar a 30 o 40 personas detrás intentando oler mis exhalaciones, estaba poniendo en peligro mi salud mental y corporal. Por ese motivo decidí cobrar cada inspiración a 50 céntimos, cada retención a 20 céntimos y cada emisión a 45 céntimos. Por supuesto resoplar era gratuito, lo mismo que cada jadeo o sofoco.»
«Si me refiero a la lógica subyacente, no es por parecer un tipo considerado, sino por prorratear de una manera prudente y racional la distribución de la propia desinformación. Claro que en ocasiones la propia transcripción de mi pensamiento deconstruído a la manera «híbrida» se mezcla con los discursos ajenos, usurpados o simplemente atribuibles (un registro estereotipado acerca de este pensamiento deconstruído y extendido se puede encontrar en los capítulos 11, 12 y 14).»
«Por último, he incluido en esta conclusión el sincretismo del «Mí» estudiado en el enunciado anterior que constituye, en mi opinión, una postulación exhortativa de lo que Lopezot-Perezot denominaba «la maldita referencia ilocutiva». Ahora bien, las implicaciones particularmente complejas que cada uno pueda extraer no constituyen ningún ejemplo de enunciado refutativo.»
Greg
