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| Jean-Michel Basquiat. Jawbone of an ass (1982) |
Querida:
La naturaleza, incluso la naturaleza humana, persigue una condición: la perfección. Por esa razón, siempre he intentado distanciarme del género al que se supone pertenezco y situarme en cualquiera de los dos extremos. Y gracias a ese espíritu de contradicción, otorgado quizá por un golpe seco en la cabeza cuando era un bebé, he podido sacar partido a una cualidad que está presente en casi todos los animales, pero que por alguna extraña razón, se ha perdido en el ser humano: tarascar. Y debo tarascar bien porque ya me han detenido 30 veces. La última, por tarascar al poli que intentaba detenerme por tarascar a un sacerdote cojo. Tarasqué a los dos y aún me quedaron ganas de tarascar a quien se pusiese por delante, pero no pude seguir tarascando porque el compañero del poli tarascarado anteriormente me puso un maldito bozal.
Antes de que podamos discutir provechosamente si tarascar es lícito, o por lo menos puede llegar a servir para algo que no sea terminar siendo inyectado con varias dosis de inmunoglobulina antirrábica, me gustaría dejar claro que mi instinto tarascador no es más que el resultado de una elección individual y social, o como yo prefiero denominarlo, un viaje sin retorno a la exquisita belleza de alguna parte. Pero llegados a este punto deberíamos preguntarnos, ¿existe alguien o algo capaz de diferenciar alguna parte de ninguna parte? ¿O de la parte que no está comprendida en ninguna otra parte, porque esa ninguna otra parte está harta de incluir partes de otras partes que ni siquiera son capaces de sentir algo similar a lo que la tía de mi madre, Georgina López, llamaba agradecimiento vil y pernicioso?
Me gusta tarascar, pero también me complace que me peguen un buen tarascamiento, o tarascazo, o como cojones se pueda conjugar semejante verbito. Y si es en alguna de las partes más sensibles de mi anatomía, el gozo y la plenitud puede llegar a un punto en el cual me importe una mierda grasosa cualquier cosa que no esté relacionada, de una manera u otra, con los tarascamientos o incluso con los autotarascamientos. Porque solo tarascando puedo existir sin creer que debo algo a alguien por algún motivo. Tarasco porque no sé como comunicarme sin sentir dolor físico y mental. Tarasco porque cuando miro directamente a los ojos de alguien, sé que en lo más profundo de su limitada confusión me está gritando que necesita ser tarascado o tarascada en ese mismo instante y de la manera más feroz posible. Tarasco porque de alguna forma he de justificar el dinero invertido en los últimos siete implantes.
El jodido Homo sapiens tiene una dimensión intemporal y otra temporal. Yo tengo una dimensión impresionante oculta por la bragueta. Podría haberme dedicado a eyacular por dinero y nunca hubiera acabado entre barrotes, todo lo más, entre flujos vaginales. Pero elegí tarascar. Y esa fue, de alguna forma, mi perdición. Sí, ya sé que esta conclusión puede ser atacada desde diversos puntos de vista. Y sé que ningún hombre puede llegar a ser capaz de tratarse tan neciamente como lo hago yo, pero, como he dejado claro en líneas anteriores, me gusta tarascar y pienso hacerlo hasta que alguien me lo impida para siempre o hasta que el resto de los ciudadanos y esclavos del planeta se decidan a tarascar. Entonces, si eso sucede, quizá vuelva al rol de persona normal, decente y con cuatro hipotecas.
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