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| Pablo Picasso. Breakfast (1953) |
Hace un rato, cuando me tomaba el café con leche que me sirve de desayuno, he tenido unas ganas absolutamente irrefrenables de estamparlo contra una pared. Si no lo he hecho es porque luego tendría que limpiar los destrozos y desde que cumplí la avanzada edad de 55 -de eso hace ya casi 12 meses- me prometí a mí mismo moverme lo menos posible, pensar lo menos posible, hablar lo menos posible y exprimir naranjas lo menos posible. Y hasta ahora he cumplido a rajatabla todas esas promesas. Y otras que no me atreví a prometerme pero que consideré mientras exprimía las 4 naranjas que entonces comprendían la totalidad de mi desayuno. ¡Sí! Lo habéis acertado. El desayuno siempre ha sido muy importante para mí. Cuando todavía era un adolescente inmaduro solía desayunar al más puro estilo americano, es decir, café acuoso, 3 huevos fritos, un buen pedazo de tocino, 4 tostadas con mermelada, brownies y un vaso grande con zumo de pera y piña. El problema, o mejor dicho, lo que me hizo cambiar al desayuno francés, fue que tardaba unas 5 horas en prepararlo y dos en engullirlo, lo que no me dejaba tiempo para ir a trabajar y mis jefes acabaron despidiéndome. El desayuno francés cumplía ampliamente mis expectativas, pues consistía en un pan baguette entero con Nutella, 4 croissants grandes, café con leche y zumo de pomelo. Cuando el médico me diagnosticó diabetes mellitus tipo 2, maldije a los jodidos gabachos y solicité el internamiento en un monasterio famoso por sus desayunos que consistían básicamente en vino sin consagrar, vino consagrado, vino añejo y vino amontillado (con y sin consagrar). Allí aprendí a cantar en un tono totalmente desafinado. Y también aprendí a correr para salvar mi honra. Después de 4 meses de borracheras solo aptas para adultos decidí volver a casa de mis padres, pero mis padres decidieron que lo mejor para mí sería dejarles tranquilos y buscarme la vida y el desayuno de una forma independiente.
Y la independencia me llevó a la cárcel. Me acusaron de renegar de mi patria, España, de pretender autogobernarme y me torturaron durante 4 días y 4 noches negándome un desayuno decente y sustituyéndolo por una rebanada de pan de molde añosa y un vaso de agua calcárea del grifo. Si gritaba de desesperación, entraba un hombre gordo con un antifaz de color amarillo y rojo y una gran águila negra tatuada sobre su antebrazo derecho y me cantaba canciones patrióticas hasta el amanecer. No desafinaba en absoluto, pero después de terminar cada canción se aplaudía durante 25 minutos y se pedía un bis. En ocasiones incluso bailaba una especie de mezcla entre flamenco comatoso y kazachok poco ondulante, que me recordaba a los movimientos de una grulla retrasada mental que busca con desesperación ser penetrada con cariño por el grullo ganador del festival primaveral de aves desquiciadas del Pacífico Norte.
Afortunadamente me soltaron cuando descubrieron que el vocablo independencia puede tener diferentes significados, pero para entonces yo ya era una piltrafa humana que se arrastraba por las calles mendigando un currusco de pan y un brik de vino tinto Peñasol, Gran duque, Cumbres de Gredos o incluso Don Simón. Ese fue mi desayuno durante 14 años. Hasta que un día vino en mi ayuda un ángel del cielo con forma humana llamada Liliana-Jacqueline Afaraya Tacanahui, que me dijo «no me toques, asqueroso» y se largó corriendo en dirección contraria. Sé que se llamaba así porque en su huida perdió la tarjeta de compras de Alcampo y yo lo recogí y me la comí con gusto y delectación. Ese pequeño y casi inaudible saludo con acento peruano se convirtió en mi salvación. Me senté en un banco del parque y medité sobre mi pasado, sobre mi presente y mi futuro, pero una repentina embolia me envió directamente al hospital para pobres, asociales y sociópatas cohibidos, donde una monja doblada y arrugada midió el tamaño de mi sutura interparietal sin quitarme el gorro de lana y llegó a la conclusión de que, o yo era un genio, o sufría el síndrome de Marfan.
A veces, cuando me miro en el espejito policromado de bolsillo de mi ex novia, no puedo creerme lo que soy, sobre todo después de haber sido lo que fui. Y fui lo que fui por culpa de perseguir un desayuno saludable, equilibrado, completo y no demasiado calórico, y sobre todo, por seguir unas normas dementes dictadas por esta maldita sociedad que hemos creado para sentirnos un poco menos primates. ¡No he estampado el café con leche sobre la pared, pero debería haberlo hecho! Luego podría haber contratado una esclava búlgara o rumana, de esas que cobran 4 euros al día, para que la hubiera dejado como estaba antes del lanzamiento. Y voy a callarme, porque alguien puede confundir lanzamiento con alzamiento.
