Email del 11 de diciembre 2017

Arshile Gorky. The artist with his mother (1926)

Si me fuera dado escoger, preferiría que se me considerase como mamporrero antes que como escritorzuelo, aunque nunca he tenido en mi mano un miembro de caballo. Ni de caballo ni de ningún otro animal o persona. Solo el mío. Y en contadas ocasiones. Todos sabemos que los Dioses no tienen que ir al retrete ni al banco a sollozar por un adelanto de la pensión. Yo, como semidiós, estoy exento de cualquier función corporal excremental. Excepto cuando cometo una falta y soy castigado por el altísimo adjunto del Ser supremo. Entonces, como penitencia, puedo ser sancionado a un par de jornadas con dolencias leves pero molestas como hiperplasia prostática en grado 2 o cistitis aguda. Es en esos instantes cuando no tengo otro remedio que sujetar el órgano viril con la mano izquierda, aunque a veces puedo utilizar la derecha, todo depende de cómo me levante o cuántos días de punición se me hayan asignado.

Pero no quería escribir sobre falos ni sobre mi condición superior y prácticamente definitiva. A decir verdad, no sé qué hago delante de esta maldita hoja de Word. Debería estar vacilando de masculinidad ante divinidades femeninas o incluso hermafroditas. Además, el párrafo anterior es tremendamente apestoso e incoherente. Necesito salvar el texto de una forma determinante y absoluta o la ninfa que me consigue la ambrosía de estraperlo me envenenará.

«Los días pasados en Zurich fueron tranquilos, aunque fríos y desapacibles, por esa razón cuando Ramón Pérez regresó a Valencia pensó que debía extirpar la tilde de la última sílaba de su nombre. De ahora en adelante sería Ramon. Ramon Pérez. Pero mientras más meditaba sobre el cambio, más intranquilo se sentía. El apellido de su padre le producía temblores y calambres. A media tarde salió al jardín a dar su acostumbrado paseo de cuarenta y cinco minutos y veintitrés segundos y se sintió enfermo. Manuel, el jardinero cojo y asmático que podaba los rosales en esos momentos acudió en su ayuda.
-¿Señor, se encuentra bien? Siéntese en el arriate, por favor. -exclamó asustado.
Pero Ramon (sin tilde) no pudo contestarle pues no existía. Nada existía, ni siquiera este zurullo de narración que me acaba de salir. ¡Menuda mierda! No sé por qué razón me martirizo intentando escribir algo, cuando lo que realmente me gustaría hacer es no hacer nada».

Cuando no hago nada, no necesito intentar convencerme por todos los medios de que soy una especie de cruce entre Hefesto y Gracita Morales. Solo no haciendo nada de nada puedo llegar a ser yo mismo. Y siendo Yo, todo resulta más sencillo. No es que crea que soy algo parecido a un perturbado con múltiples desdoblamientos de personalidad, y que no haciendo nada, mantengo encerradas en la prisión del subconsciente las pesadillas psicopáticas que se supone que me atormentan. Porque actualmente lo único que me atormenta es la posibilidad de que un alienígena gris proveniente de dimensiones desconocidas se concrete delante de mí e intente convencerme de que Odilon Redon no fue impresionista simbolista.

Me siento cansado y muy poco inspirado, pero tengo que justificar los dolores del parto de mi pobre madre. Todos sabemos, quizá excepto Ramon Pérez, que las explicaciones no nos redimen. Intuimos que la experimentación constante nos salvará al final del camino. Pero el camino no posee veredas ni bifurcaciones, solo tierra mojada y piedras que constantemente se meten entre los intersticios del cuero bellamente trabajado de las sandalias fabricadas en Taiwan, o quizá China. De las sandalias de un personaje que intenta ir en contra de la trama inventando sus diálogos y aturdiendo al resto de intérpretes que siguen el guión como pueden. Ni siquiera el autor protesta. Su mente está implosionando. Y mientras la rotura engulle lentamente la totalidad de las partes que comprenden el interior, la división de los átomos se interrumpe. De repente, cada una de las pequeñas cosas que conformaban su existencia salen disparadas en todas las direcciones. Mientras la sangre de su cabeza ensucia las paredes pintadas de blanco, los actores y sus roles desaparecen. Nada es lo suficientemente constante como para continuar resistiendo. Los motivos extramentales y las elegías que los protegen se disuelven y la creación que iba a sentar cátedra termina donde comenzó, unas semanas antes.

Las palabras no deberían sustituir a las miradas. Las miradas no deberían estar limitadas por el espacio y el tiempo. El espacio es extensión. El tiempo, sucesión. El significado existe. Siempre ha estado ahí. ¡Nunca aprendimos a relacionarlo con el signo! Pero el signo, aunque no sea más que un indicio, tiende a relevar, a suceder, a transferir un concepto y su representación más o menos genuina. Entonces, cuando eso sucede, lo deseemos o no, estamos hablando de las sensaciones. Y las sensaciones no atienden a normas ni disposiciones. Solo siguen un orden natural que todavía no comprendemos.