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| Gianfranco Baruchello. Cordiali saluti dell’entropia-errore (1963) |
Pensar en las equivocaciones y comprender su razón, no es lo mismo. Los errores no están sujetos a subsumciones lógicas y por consiguiente, no se hallan dominados por la impulsividad o la falta de coherencia psicológica, sino por la posibilidad. Erramos porque podemos permitírnoslo y no hacerlo sería como desafiar cada uno de los esquemas pertenecientes a las categorías que definen nuestra representatividad natural e individual. Pero, no obstante, salta a la vista que si intentamos aprender de cada uno de ellos, lo único que conseguimos es reincidir y amplificarlos. ¿No sería más reconstituyente que aprendiéramos a aceptar los conceptos erróneos como sintéticamente determinantes? Si lo hiciéramos así, nos ahorraríamos un montón de excusas, pretextos o percepciones paradójicas. Cada vez que recurrimos a las manidas frases de recurso como «lo siento» o «no fue mi intención», nos imposibilitamos. Y la imposibilidad no es más que un comodín que sólo sirve para ocultar una definida incapacidad tan artificial como espuria.
Tengo clara conciencia de mi existencia. Y ésta se basa en repeticiones de errores conscientes. Algunos de ellos fueron diseñados para causar pena y dolor, otros, simplemente, para descubrir o incluso incidir en mi propia identidad trastocada. Ambas formas concuerdan perfectamente con la definición humana y, por supuesto, son válidas como acercamiento o trabazón relativo al principio único y noúmeno que define al ente racional como insuficiencia biológica.
Debería existir algo parecido a una Universidad de los Errores, donde el alumno pudiera llegar a aprender la forma de enfrentarse a ellos, sin descartarlos u obviarlos. Una institución donde además de impartir una serie de conocimientos -para más tarde obsequiarnos con una bonita y refulgente titulación- se nos entregaran junto a la licenciatura un pañuelo y un cilicio. El primero nos serviría de consuelo en los instantes posteriores al hecho, mientras el segundo podría llegar a convertirse en un poderoso amuleto.
