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| Kazimir Malevich. Black Square (1913) |
Amiga:
Un secreto deja de ser un misterio cuando lo haces público. Desde ese momento, lo cuidadosamente oculto o reservado se transforma en una evidencia más o menos aceptada (que no creída). Hasta hace algunos años yo tenía uno del que me sentía orgulloso, aunque algunas veces me turbaba y me producía cierta verguenza. Como mi secreto fue divulgado en su día en el boletín oficial que publica mensualmente la Sociedad Española de Psiquiatría, ya no es tal y me siento libre de hacerlo todavía más público en este blog. La verdad es que visto a posteriori, estoy en condiciones de aceptar su inmaculada mediocridad. Pero era mío. Yo lo creé y me perteneció durante varios años. Trataré de contártelo de una manera sencilla y didáctica, sin hacer demasiado hincapié en su propia desproporción y obviando los elementos psicológicos adyacentes.
Todo empezó cuando tenía unos 20 años. Lo descubrí de casualidad. Me dirigía caminando hacia un destino inconcreto cuando sentí la necesidad de no hacer nada delante de nadie. Por favor, no pienses mal. No se trataba de algo sexual. Era un impulso más bien místico, espiritual y cuasi religioso. Como en el camino encontré a demasiados, decidí no hacer casi nada delante de unos pocos. Y además lo hice maravillosamente bien. Bueno, tú me conoces. Me gusta llegar a la perfección absoluta. Si no la consigo lo más rápido posible me invade una especie de depresión melancólica que bloquea como un cepo el nivel sérico de seratonina y me obliga a comportarme como un verdadero humano. Cuando esos pocos aplaudieron vivamente mi aproximación infinita a la (casi) nada y pidieron emocionados un bis, me entraron ganas de seguir el guion inicial y me alejé corriendo. Necesitaba encontrar a nadie y demostrar cómo se puede hacer nada. Pero fue imposible. En una ciudad donde todos están convencidos de que hacen algo, dedicarse a no hacer nada está bastante mal visto. Por esa razón decidí imaginar que no hacía nada ante una gran masa de vacío de tamaño irreal. Mientras trataba de visualizar una prolongación para mi sueño inducido, algo parecido a todos, o quizá a unos cuantos, se deslizaron escondidos entre las brumas de una visión etérea y mesmerizante, e influyeron en mi fantasía compulsiva de una manera ilógica, convirtiendo lo que era un caos imaginativo controlado en algo similar a una fusión vilmente perfecta y coordinada.
Quizá debería haber sido más precavido fabricando ensoñaciones. Recuerdo que alguien que se parecía a mi padre, cuando yo quería que alguno se pareciese a él, me alertaba continuamente sobre los peligros que acechan en prácticamente todas las nadas de cada nadie. Recuerdo que le taché de melindroso y fui realmente duro con sus demonios interiores. En aquella época yo no era capaz de distinguir entre exiguo y abundante, sobre todo si ambos adjetivos provenían de un mismo nadie (con o sin nada), ninguno, alguno, cualquiera o varios. Creía que estaba en posesión del verdadero razonamiento lúcido y tendía a sobrevalorarme. Todo cambió cuando descubrí que la diferencia fundamental entre nadie y yo, era la nada que ambos compartíamos. Entonces empecé a tener claro que mi infancia había sido un truco bien ejecutado, pero carente de significado. Por esa razón engendré ese secreto tan misterioso. El resto ya lo conoces.
Besos
