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| Bruce Nauman. Untitled hand circle (1996) |
Hola:
Esta madrugada te he escrito un email que no me he atrevido a enviarte por su incoherencia, pero es que cambiar de marca de tabaco me ha trastornado. Al final he decidido mandártelo, pero no sin antes explicarte las diferencias fundamentales entre sus tres únicos párrafos. El primero es bastante lloriqueante, ya sabes, de esos que escribo cuando siento que algo en mi interior no funciona correctamente y prefiero echar las culpas de mis incapacidades sociales a la gente. El segundo, bastante más irreal y ensoñador, es ininteligible incluso para mí. El tercero es demente y no debería ser leído por nadie que no haya cumplido los 80 años y tenga claro que en la oscuridad de la futura muerte se encuentra la respuesta a cada una de las preguntas fundamentales. Bueno, será mejor que lo leas y opines:
Ya sé que no tengo ningún motivo extraordinario, pero hoy me encuentro más infeliz que de costumbre. Me gustaría sacar la cabeza por la ventana y gritar mil improperios a cada uno de los imbéciles que caminan sin rumbo aparente, sin razón, simplemente porque necesitan sentir que sirven para algo. Podrían quedarse sentados en algún rincón de sus hogares estirándose el pelo con las manos, pero prefieren pasear su maldita vulgaridad para demostrar que tienen todo controlado, que son los dueños de sus propias circunstancias (y de las de la gente que les rodea), que no existe ninguna fuerza en este irreal mundo que sea suficiente para acabar con sus miserias, sus complejos y, sobre todo, con sus preciosas mentiras. Sí, esas mentiras que fabrican para protegerse. Esas mentiras que tienen el doble de tamaño que sus frustraciones más intimas y que gracias a una cualidad mágica transforman en verdades aparentemente controladas. Creen que es preferible vivir como héroes y sufrir como humanos. Mientras se preparan para conseguir la gloria que representa estar rodeados de múltiples posesiones, se olvidan de que existe un rincón sombrío en cada corazón que rechaza sistemáticamente sus pretensiones.
Hoy es un día especial. Mi reflejo en el cristal me saca la lengua y se burla de mí. Yo le hago muecas obscenas con la mano y la imagen reflejada desaparece. Golpeo el vidrio conteniendo la fuerza y éste se dobla. Curvado tiene mejor aspecto. No sé qué sucederá cuando intente cerrar la ventana. Trato de no preocuparme, pero una risa sorda que se escapa del interior de la convexidad me hiela la sangre. Decido hacer algo que nunca he hecho, pero al no haber sido hecho con anterioridad me sale mal. Repito la operación varias veces hasta que llega un punto en el que me siento satisfecho de la acción y me felicito esbozando una sonrisa. A veces las influencias producidas por una idea tienen la capacidad de alterar las percepciones. No sé si eso es bueno o malo, pero me ayuda a destruir a los demonios interiores.
Me gusta jugar a papás y mamás con las manos. La derecha es el padre. La izquierda es la madre. El padre engaña a la madre, y ésta, para vengarse, se esconde en mi entrepierna. Al cobijarse en ese lugar desata la ira de un músculo que tiene la capacidad de crecer o contraerse. Mientras la mano derecha que representa al progenitor busca a la que cree que es su puta particular entre las axilas, ese músculo milagroso se deja acariciar por la mano que representa mi concepción y mi nacimiento. Entonces mi cerebro recibe la orden de detener el proceso por inmoral y el juego llega a su fin. El padre vuelve a encontrar a la madre. La madre intenta huir del padre. Mi músculo se siente defraudado. La axila se siente violada. Yo me siento en una silla. La silla se rompe. El ruido de la fractura despierta a mi gato. Sus maullidos despiertan a mi vecina. Mi vecina eructa porque su digestión nocturna no ha estado perfectamente controlada. Su descontrol da paso a mi desorden. El desorden se convierte en exceso. El exceso crea un ente diabólico que paraliza los sentidos de los seres vivos que esconden sus miserias en un radio de un millón de kilómetros. Y yo soy uno de ellos.
Un saludazo
