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| Tintoretto. Susana y los viejos (1555) |
Amiga mía:
Mi amigo Lorenzo está otra vez en celo. No para de seguir a las hembras a todas partes, incluso cuando se dirigen a sus respectivos dormitorios para acostarse con sus maridos. Y esta sobredosis de hormonas le está acarreando serios problemas. A veces me pregunta cómo es que soy capaz de resistirme a tanta fémina voluptuosa y yo le respondo que mantengo una relación bastante seria con el ventilador y que mi fidelidad es mítica. Pero mi contestación en lugar de tranquilizarlo le excita todavía más y siempre llega un momento en que me tacha de insípido sexual. Cuando esto sucede no me deja más alternativa que recordarle que su madre tiene un lunar muy feo en plena entrepierna y que debería hacérselo ver por un dermatólogo.
La verdad es que este tipo no es mala persona de octubre a abril. Pero cuando llega la primavera una especie de fuerza maligna testosterónica le domina y, entonces, es mejor no encabritarle demasiado. Dicen las malas lenguas que posee la mayor colección de «catéters doble J» de Europa y la segunda del mundo, aunque si quieres que te sea sincero, no sé para qué puede servir coleccionar sondas uretrales, como no sea para utilizarlos de pendiente y de esta manera jugar a ese dichoso jueguecito ya pasado de moda denominado «épater la bourgeoisie». Aunque si quieres que te sea sincero el único sujeto de clase alta que vivía en nuestro barrio fue deshonrado por un castañero y actualmente se desconoce el paradero de ambos.
El problema con Lorenzo no es que algunas calles de mi barrio estén alfombradas por sus babas varios meses al año; ni que sus padres avergonzados por su comportamiento cambiaran su residencia habitual de Valencia a Oslo y sus nombres de Anita y Pepe a Bryngerd y Hreidmar para evitar ser reconocidos. El verdadero problema radica en la incapacidad de las leyes y el clero para encontrar una solución efectiva. Caray, Nos estamos quedando sin mujeres, pues éstas prefieren cambiarse de distrito antes que aguantar la ferocidad animal de mi amigo. Y no es justo. Desde hace un mes sólo veo tíos cuando me asomo a la ventana. Sí, vale, algunos tienen un culito respingón y lo mueven con salero, pero no es lo mismo. Y si no que se lo digan a Mariano, que después de vivir nueve años en California arrastra un complejo mamario realmente serio. Adora los pechos grandes, sobre todo a partir de la talla 120 copa D y actualmente sólo los puede ver en las revistas o haciendo excursiones a otro arrabal, lo que le está sumiendo en una peligrosa depresión.
Te cuento esto porque aún recuerdo cuando todos los hombres guapos de tu barrio se fueron a pegar a los hombres feos del barrio contiguo. Como la pelea duró cuatro largos días tú entraste en coma. Por lo menos eso es lo que me contaste hace dos años, o eso entendí. Y supongo que gracias a esa terrorífica experiencia estás en condiciones de comprenderme, de comprender a Mariano, de comprendernos a todos y, lo que es más importante, empatizar con nuestra causa y nuestros sufrimientos, que al fin y al cabo, son los sufrimientos de unos seres humanos dominados por los impulsos biológicos.
Un abrazo fuerte
