Email del 8 de agosto del 2013

Lavinia Fontana. Gregorio XIII (1582)

Amiga:

Mi periodo de cosificación de ciertos especímenes humanos ha concluido. Aunque en el fondo y sobre todo en la forma, se lo mereciesen. Voy a tratar de ser condescendiente con algunas de esas acémilas desgalichadas que a veces se incrustan como ladillas, y a tratar de demostrarles que puedo escuchar sus memeces durante un tiempo indeterminado sin sentir ganas de escupir sobre la gran explosión que dio origen al Universo, o incluso ciscarme en su desarrollo posterior debido a una singularidad espacio-temporal de densidad infinita y matemáticamente paradójica.

Como paradójica, absurda y disparatada es la estupidez de esos ciclaos, chonis, canis, traps, poligoneros y anormales con aspecto de flujo piroclástico que tratan de enturbiar mi paz espiritual transformándola en deseos asesinos imperfectos. ¿Por qué razón la imbecilidad no se extingue? ¿Por qué debemos seguir aguantando la dejadez mental de esos jiujitsuistas oligofrénicos? Necesito ver la cara de Dios. Algunos dicen que es feo, otros que está tan cubierto de sangre que es totalmente imposible adivinar cualquier rasgo divino. ¡Cómo me gustaría volver a clavar a su hijo en la cruz!

Mi etapa de presciencia clarividente ha dado paso a un ciclo de ensimismamiento de origen demoniaco. Por primera vez en mi vida soy capaz de alimentarme con la acatexis que laboriosamente produzco. Ya no me importa si doy o no el pego. Ya no son necesarias las máscaras, los disfraces y las luces colocadas estratégicamente. Sólo me importo yo. No es una cuestión de megalomanía narcisista, sino una forma de prolongar mi masoquismo existencial.

Saludos