Email del 28 de mayo 2013

Paul Cézanne. The Murder (1867) 

Hola:

Supongo que existirá un lugar tranquilo donde un sicario profesional pueda asesinarme. La verdad es que me gustaría que me volaran la cabeza en un jardín, rodeado de verde y humedad a partes iguales. Voy a pedir permiso para que me alquilen durante una hora el umbráculo del botánico. Estoy seguro de que con media hora es suficiente, pero, ¿y si en el último momento empiezo a gemir o lloriquear implorando unos minutos más? Sí, con una hora no corro riesgos.

Una vez mi cuerpo empapado de sangre O+ quede inerte sobre la tierra arcillosa, quiero que me descuarticen. Lo más seguro es que el director del jardín se niegue a que el desmembramiento se efectúe allí, por lo que deberé alquilar una carretilla y un mozo forzudo y mal afeitado para que traslade mis restos a otro lugar. Ese otro lugar podría ser cualquier zona alejada y poco transitada del antiguo cauce del río. Allí estaría esperando un carnicero profesional con sus útiles de trabajo. El troceamiento no debería durar demasiado, pero por si surge algún problema de última hora, y sobre todo para que no se demore, contrataría también a un ayudante para el matarife.

Quiero que entierren mis cinco extremidades en un agujero natural, es decir excavado por topos, conejos o zorros, y que el resto de trozos de lo que una vez fue mi cuerpo sea donado a la sociedad protectora de animales para que sirva de sustento a los perros y gatos. Todas mis propiedades materiales deberán ser regaladas a indigentes, excepto mis tres guitarras y el piano, que serán destruidos e incinerados.

Supongo que existirá un lugar tranquilo en el infierno donde mi alma pueda arder lentamente. Quiero que mi esencia saboreé los gozos de la culpa y del pecado. Y espero que los budistas estén equivocados y la reencarnación no sea más que otra estupidez humana inventada para narcotizar el dolor que se siente estando vivo.

Un beso