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| Barnaby Hosking. Cave (2007) |
Hola:
Mi parte telúrica me sigue pasando factura, por esa razón guardo mis sonrisas en un bocoy de madera. Aunque éste tiene varias hendijas, las sonrisas no pueden escaparse porque están asustadas y desconfían. A veces las labro con una laya de metal oxidado y cuando están descoritadas y sosegadas las maldigo. Porque es culpa suya que mis facciones se estén reduciendo a una forma simple de materia. Ni siquiera pierdo el tiempo espantando a las moscardas o al resto de carroñeros alados que se rifan los despojos de lo que una vez fue un rostro que expresaba libremente las emociones. Aunque no te lo creas, puedo sentir el nauseabundo ijiyo que se desprende de la putrefacción de mis rasgos.
Mis manos se asemejan a cirios derretidos incapaces de pergeñar los movimientos más elementales. Cuando las miro a la luz de las velas me entran ganas de cercenarlas y dárselas de comer a un perro rabioso. Soy una especie de zombi impecune y misofóbico que malvive en la inopia más absoluta y cuya anamnesis es de dominio público. Y en lugar de lamentarme al contemplar los miles de lobanillos que cubren mi cuerpo, me distraigo jugueteando con los agujeros asurados que produce mi imaginación.
Puedo hacer que las deletéreas líneas del infierno oculten transitoriamente a los vectores celestiales. Aunque la orientación no sea la conveniente, soy capaz de establecer los fundamentos esenciales de mi insensatez que, aunque innecesaria, nunca es excesiva. Y durante los instantes de perturbación anímica producidos por una idea fija, recurrente, extraviada e intratable, la elevación extraordinaria que obtengo de los tallos rollizos, estriados y huecos de la negatividad que me alimenta, impide que caiga al suelo gritando clemencia y lloriqueando como un niño al que han escondido su juguete nuevo.
¡Sí! Está claro. Todavía espero que no suceda nada.
Besos
