Email del 9 de mayo 2013

Van-Gogh. Skeleton (1886)

Hola:

¡Estoy tan cansado! Tan cansado que ni siquiera me apetece volver a jugar esta partida en la que conozco de antemano cada movimiento. Poco importa si juego con piezas blancas o negras, peones o reinas. Al final todo se reduce al Mal y al Bien luchando en una batalla demencial por el poder que impone la propia ambición. Este maldito juego, amañado previamente y que en apariencia no concluye más que con el deceso final, me empieza a resultar tan insoportable como los anuncios de Matias Prats jr con Linea Directa. Y no se me ocurre una forma más válida de acabar con esta sensación desconcertante que suicidarme ingiriendo el contenido de cuatro desodorantes en roll-on, de esos que no dejan manchas en las axilas. Quizá cuando mi recuerdo sólo sea una sonrisa efímera en cada uno de los individuos de ambos sexos que tuvieron la mala suerte de conocerme, mi espíritu indolente pero libre, encuentre una razón para sentirse feliz por haber malvivido.

Acabo de darme cuenta de que tengo un pinguino anidando en un sobaco. Amo demasiado a los animales como para desalojarlo de su vivienda, aunque eso implique demorar mi auto-eutanasia por un tiempo indeterminado. Desconozco cómo ha llegado hasta ahí, pero no voy a interrogarlo. Mientras espero que se largue por sus propias patas, intentaré sacar provecho a la maldita mala suerte que me persigue desde que aprendí a caminar de forma bípeda.

¡Joder! El pinguino no se mueve. ¿Será un golondrino?

Un saludo