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| Ralph Anderson, Card Game |
Querida:
El destino siempre juega bien sus cartas, poco o nada importa que la partida esté amañada desde antes del comienzo. De nada sirve esconderse un comodín en la manga o echarse faroles. Y este constructo que llaman «poder taumatúrgico ineludible» se traduce desde que nacemos en una constante serie de pruebas que nos machacan cada cierto tiempo: vemos morir a nuestros abuelos, a nuestros padres, algunas veces incluso a nuestros hijos, mientras esperamos que nuestro propio deceso se retrase lo más posible y que, cuando llegue, nos sorprenda en la cama, rodeado de nuestras pertenencias y familiares, aunque la mayor parte de las veces creamos que los segundos forman parte de los primeros. Particularmente, nunca he creído en él, siempre he pensado que era una estúpida boutade religiosa o filosófica y que nosotros mismos somos los verdaderos dueños y hacedores de nuestras circunstancias, ya pertenezcan al pasado, al presente o al futuro. Pero quizá estaba equivocado….
Chesterton, con su lucidez inigualable escribió que «Siempre se ha creído que existe algo que se llama destino, pero siempre se ha creído también que hay otra cosa que se llama albedrío. Lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción», pero es posible que ese equilibrio contradictorio entre la capacidad humana para elegir y tomar nuestras propias decisiones no sea suficiente cuando la casualidad, en forma de fatalidad incesante, golpea y abruma nuestra conciencia, debilitada por años de sufrimientos, angustia y dolor. Por eso, aunque adoro a Gilbert Keith estoy mucho más de acuerdo con Einstein cuando cínicamente proclama que «Tendremos el destino que no hayamos merecido». Hemos sido concebidos sin permiso; nos han criado como justificación a una concepción, deseada o no, y a semejanza de nuestros preceptores; nos han obligado a comportarnos de una manera sociable, emparejarnos, creer que el amor es la única respuesta y que la muerte es un nuevo principio, pero ¿de qué sirve todo esto cuando no somos capaces de controlar ni siquiera nuestros propias indecisiones? Nos lamentamos, pero al mismo tiempo rechazamos la bala que nos proporcionaría ese amor, esa paz, en definitiva, ese verdadero «libre albedrío» que en vida somos incapaces de desarrollar.
En estos instantes, estoy convencido de que el destino existe y que juega con nosotros. Poco importa el resultado del juego, poco importa que tengamos una buena mano, al final perderemos hasta la camisa y seguiremos empeñados en seguir intentándolo de nuevo. Por mi parte, pienso que ha llegado el momento de tirar la toalla, retirarme del envite y permanecer célibe de responsabilidades hasta el final. Ese final anunciado que nos incapacita como ganadores o perdedores, como peones, alfiles o reinas, en definitiva, como personajes de una novela barata, repleta de situaciones previsibles y giros vergonzosos, metidos con calzador y que de nada sirven para hacer avanzar la trama.
Saludos.
