![]() |
| Georgia O’Keeffe, Black Iris II. 1927 |
Amiga:
Ayer te comenté que iba a dedicar más tiempo a hablar con mis plantas y eso es lo que hice practicamente toda la tarde y esta mañana durante un par de horas. Ha sido una conversación compleja, pues las Crassulas y los Sedums se han quejado con comedimiento y al mismo tiempo con energía inusitada acerca de la falta de agua y sobre todo la mala calidad de esta. Por otra parte y, me imagino que por llevar la contraria, los Senecios me han echado en cara que no son unos vulgares helechos y que si sigo empapándolos de la forma que lo hago me obsequiarán con un bonito Fusarium o una encantadora Phytophthora que me pondrá las cosas verdaderamente enrevesadas. Y es que cada familia es un mundo y ninguna está contenta con mis tratamientos invernales. Las Echeverias y los Kalanchoes han callado, seguramente por educación, y la Yucca se ha negado a dirigirme ni una mísera palabra. Menos mal que las Tillandsias han argumentado con cierto entendimiento no exento de ironía que mis cuidados han sido extraordinarios y los Aeoniums han secundado sus palabras, porque si no ahora mismo me encontraría en un estado semiparanoico indescriptible. Resulta complicado cuidar de doscientas macetas, sobre todo en un clima tan cambiante como el que tenemos este invierno en esta zona del mapa, por lo que creo que lo mejor será apuntar cuidadosamente los datos de riego y abono individualmente en una libretita de anillas para no volver a cometer los mismos errores.
En cuanto a las plantas de interior, mantengo una ligera controversia con las orquídeas que, ensimismadas en su hipnótica belleza y aprovechando la humedad imperante en la cocina, que es donde las cobijo, han decidido por unanimidad crecer preciosas y sublimes magnificando la fealdad del banco de mármol que las soporta, con un sinfín de exóticas flores de todos los tamaños y sin rebajarse a pedirme absolutamente nada a cambio. Por otra parte las Chamaedoreas y las Dracaenas no dejan de lamentarse de su suerte, pues piensan que sólo tengo ojos para las Marantas y Calateas y que junto a los Potos y Ficus son los patitos feos de la colección y que ya no significan gran cosa para mí. ¿Y sabes qué? Creo que todas, absolutamente todas, tienen algo de razón, pues la abundancia de problemas, algunos pequeños y poco ruidosos y otros de un tamaño considerable y que se incrustan directamente en mi estómago, me impiden dedicarles el tiempo que estas amigas increíbles se merecen.
¡Queda tan poco para que caiga la primavera! No puedes llegar a imaginarte cuánto espero ese momento; estoy bastante cansado y deprimido por la falta de horas de luz y, sobre todo, por tener que llevar un montón de prendas de algodón o lana para proteger mi cuerpo del irritante e higrométrico frio. Necesito sentir el sol con toda su majestuosidad infinita; necesito contemplar a la gente caminando hacia ninguna parte vestida con todos los colores del arco iris. Estoy dispuesto a sufrir los picores epidérmicos que me produce el polen, estoy dispuesto a sufrir el calor pegajoso y muchas veces repugnante que encharca nuestros pensamientos e incluso la ropa, pero quiero que regrese el verano, por supuesto pasando por la primavera, y quiero que se queden para siempre o por lo menos que permitan al otoño comportarse de una forma más suave o benigna y que entre las tres estaciones impidan el paso al frío, a la nieve, a las ventiscas indefinidas y a la lluvia impetuosa y tenaz. Me encantan las tormentas, pero sólo cuando se producen en el estío y, me siento capaz de aguantar algún chaparrón extremo siempre que no me haga tiritar de frío o destroce las frondas de mis culantrillos o como vulgarmente se denominan, cabellos de Venus.
Besitos.
