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| Glenn Brown, Assylums from mars. 2008 |
Hola amiga mía:
Pronto empezará esa fiesta absolutamente despreciable y fascista eufemísticamente denominada fallas -aunque entre mis amigos y yo la conocemos como «Reich valenciano» o BAT (Buñolada aceitosa totalitaria)-, en la que como todos los años la capital y algunos pueblos se entregarán a los falleros para que hagan lo que quieran con las calles y se pasen la libertad individual de los vecinos que habitan en ellas por el arco del buñuelo o por el forro del refajo. Dentro de unos pocos días todo o casi todo estará permitido, sobre todo si perteneces al clan que venera, reverencia e idolatra esta celebración desvirtuada.
El verdadero problema existe para el inmenso número de habitantes que trabajamos y deseamos dormir placenteramente sin que los gritos de éxtasis estultícico producidos por las acémilas asistentes a las verbenas garrulas y anacrónicas enturbien nuestros sueños hasta las seis de la madrugada. O que después de intentar dormir dos tristes horas somos despertados por una miasma de oligofrénicos babosos y sus buenos amigos, los petarditos y masclets, en una especie de orgía cenutria a la que graciosamente bautizan como «despertá». O que no podemos bajar a nuestras mascotas o abuelas a darse un paseíto por miedo a que los pongan en órbita de un cohetazo.
Si las molestias sólo fueran las anteriormente citadas aún podríamos callarnos y dejarles conmemorar su «semana de los cristales rotos» tragando saliva y al mismo tiempo trankimazines con tila mientras tratamos de evadirnos de su grotesco nirvana particular por medio de la meditación trascendental acelerada o el yoga avanzado y con tapones para los oídos. Pero todos sabemos que la liturgia de la peineta es mucho más que eso; es machismo desmesurado, esa clase de actitud que excita a las féminas pertenecientes a la congregación, muy estimuladas por una beata, hipócrita, puritana y castrense ofrenda de flores agostadas y mucilaginosas a una virgen que no existe, mientras se afanan por fabricar lágrimas amañadas que ofenden a la dignidad humana y su supuesto status de animal evolucionado. Es el aroma de fritanga buñolera exasperante que inunda las calles y que perdura durante meses; aunque a ellos y ellas de alguna forma, les pone cachondos y les sirve para justificar su existencia, al resto de los mortales nos enferma y nos hace replantearnos el pertenecer al género Homo sapiens. Son los concursos de paellas callejeras -y su basura después-, cabalgatas insufribles, contaminación acústica insoportable, calles cortadas, suciedad, vómitos, orines y destrucción sistemática del «mobiliario urbano» de la conciencia ciudadana como forma de vida y dogma de fe, que transforma lo que fue una antigua y espontánea celebración pagana en un esperpento franquista que se reinventa constantemente y se alimenta de su propia porquería. Es autoritarismo, fanatismo, sectarismo, partidismo, favoritismo y otros muchos ismos, pero también intransigencia, intolerancia, obstinación y cobardía; en definitiva: gasto público absurdo e imbecilidad galopante a partes iguales.
Los residentes que no tenemos suficiente dinero para emigrar a Australia esos fatídicos días, o a los que sencillamente no nos da la gana evacuar la ciudad porque un inmenso puñado de fervientes inadaptados Josefinos quieran hacerla propia con la fuerza que les proporcionan los estamentos políticos, tenemos el derecho inapelable y la obligación moral de salir a las calles, sorteando con cuidado el fuego y la subnormalidad, y hacer valer nuestros derechos -también por las vías legales-, esos que hasta hoy mismo no nos pertenecen, simplemente por estar en desacuerdo con la forma extrema de solemnizar una inmensa mentira.
Saludos.
