Email del 17 de diciembre 2011

James Jean, «Consumption» (2009)

Amiga mía:

Cuando era un niño, mi abuela, mujer juiciosa y sabia, siempre me repetía una frase en forma de muletilla y letanía que decía más o menos: «no somos lo que intentamos sino lo que nos dejan ser». Este estribillo, que podría parecer un tosco aforismo escupido por una mujer agobiada y que más que vivir su existencia la había devorado, todavía me sigue pareciendo el párrafo más salvaje y perfecto de mi Biblia particular. Ningún mortal que haya hecho de su dignidad el dogma de su vida pondrá en tela de juicio sus palabras. Incluso, si me lo permites, llegaría más lejos: «no somos lo que nos dejan ser sino lo que nadie quiere ser». Trataré de explicártelo de una manera sencilla…..

David Arcilla Verde era un tipo corriente; desde su más tierna infancia hasta pasada la adolescencia jamás destacó en nada; su comportamiento siempre fue correcto y su familia lo adoraba. Su rostro era amable y tenía un don de gentes especial. Lo único que no funcionaba con una normalidad aparente eran sus apellidos y siempre tuvo que pagar las consecuencias. Sus amigos lo llamaban «mascarilla purificante y mineralizante» y sus rivales….bueno, ya te he dicho que este tipo bondadoso e ingenuo carecía de enemigos.

Cierto día de un caluroso mes de agosto -no importa el año- David cambió de la noche a la mañana. Incluso su rostro bonachón se transformó en una especie de máscara de Noh japonesa y la gente que habitualmente lo rodeaba empezó a distanciarse de él. ¿Qué otra cosa podían haber hecho? Imagínate que un lunes por la mañana te cruzas con él en la calle y te saluda de la manera más educada y exquisita y sin embargo el martes a mediodía te envía al infierno mientras te dibuja un gesto grosero con las manos.

Ahora permíteme una especie de elipsis cinematográfica: han pasado ocho años y nadie dirige la palabra a nuestro cambiante protagonista; sólo conserva un amigo: él mismo, por dentro.

Una mañana, alguien encuentra una nota, esa nota está clavada en un cuerpo, el cuerpo es el de un niño; el niño está ahorcado en un árbol muerto dentro de un campo de naranjos abandonados. La misiva sólo consta de 7 palabras: «he asumido mi identidad en esta farsa».

Pasan las horas; todos sabemos que se necesitan un montón de éstas para completar una jornada. El tiempo es el perfecto aliado para la descomposición mortal, el único complemento necesario para demostrar que la naturaleza siempre sigue su curso, natural o influenciado por los delirios humanos. Los días se convierten en meses; la cámara lenta se torna en plano estático; el director del drama necesita otra claqueta.

En todos los barrios existe una fuente. Algunas son de piedra y están adornadas con representaciones de la bondad, el cariño, la tolerancia, la justicia; otras son más simples y sólo simbolizan lo que el artista ha querido plasmar, aunque a menudo, ni siquiera éste podría explicar el motivo o las circunstancias de su creación.
Había una fuente, sí, era de metal forjado y no demasiado grande, lo suficiente para esconder una figura. A simple vista, parecía que un manto negro flotaba en la superficie del agua quieta; los rayos del sol difuminaban el contorno, pero al mismo tiempo producían destellos incómodos y reflejos violentos. Una nueva nota semejante a la que apareciera junto al cuerpo en el árbol firmaba la escena. ¿Qué importa si lo que emergía del líquido inmóvil en la fuente mansa era un niño o un adulto? ¿Cual es la diferencia fundamental entre un sexo u otro, cuando ambos serán devorados por la misma fauna cadavérica? El resultado siempre es el mismo: desolación, lamentos, frío.

Llegados a este punto, es posible que te preguntes la razón por la cual te cuento esta historia y sobre todo, por qué me resisto a contarte el desenlace. ¿Conoces el significado del término «sacrificio»? Esta historia trata sobre un sacrificio, uno extraordinario. Desde los primeros instantes de nuestras vidas asumimos roles como si se tratara de un juego. Crecemos intentando aprender el papel para el cual nos han estado preparando; sin permiso, sin motivo, sin razonamientos; y cuando por fin vemos impresos nuestros nombres en las marquesinas de la distancia, la apatía y la desesperación, nos damos cuenta de que a la obra le falta un villano. El personaje más odiado de la representación necesita un cuerpo; es en ese momento cuando la bondad del comediante transforma sus deseos naturales en inmolación necesaria. El sacrificio ha salvado el espectáculo, aunque el precio sea desorbitado…..

David Arcilla se transformó en un monstruo porque era demasiado generoso.

Besos……