Segundo email del 28 de noviembre 2011

Michael Sowa, «Hotler’s Pig»

Hola nuevamente:

Esta es la historia real de Jesucristo:

Una vez, alguien me regaló un cerdo vietnamita al que bauticé con el nombre de Jesucristo. Eso desató las iras de la parte más reaccionaria de mi familia pero en su momento no me importó lo más mínimo. Jesús, como lo llamaba para abreviar, era un cerdito vigoroso y muy afable. Le encantaba morderme los zapatos y lamerme la cara; por supuesto no siempre se lo permitía. Cuando cumplió su primer año de vida le regalé una cruz de juguete a la que demostró su amor descuartizándola en menos de diez minutos. Lo recuerdo como si fuera ayer y recuerdo sus cabriolas alegres mientras le preparaba la tarta de aniversario, a la que no hizo ningún caso, pues prefería alimentarse de biblias y antiguos testamentos.

No tardó mucho tiempo en convertirse en una mole de cuarenta kilos que santificaba las fiestas intentando copular con cualquier cosa que se moviera, incluida a Sor Graciana, una monja repudiada por su congregación que se prostituía en el chalet de al lado. A esta señora cansada de vivir le fascinaba contemplar el pene rojizo que Jesús arrastraba casi por el suelo y llegaron a hacerse buenos amigos. Su amistad duró cuatro años, hasta el día en que, desbordada por los recuerdos de misales e incienso, puso fin a su vida ahorcándose con un cilicio.

Como la pasión desenfrenada de Jesús no conocía límites,  tuve que comprar una cerdita a la que llamé María; tenía catorce meses y era regordeta, aunque tan bonita que uno no podía sino perdonar su obesidad y cantar alabanzas. Pronto, ambos se enamoraron, aunque María a veces se escapaba y se iba a tontear con el setter irlandés de los vecinos, los que ocuparon la casa de la monja ramera fallecida. Al principo no concedí demasiada importancia a los coqueteos de la cerdita, pero cuando éstos se ampliaron a todas las mascotas masculinas del perímetro vecinal, el asunto empezó a ponerse feo. Y no se arregló demasiado cuando Maria se quedo preñada y parió un engendro demoniaco que murió a las pocas horas. Tenia cuerpo de marrano, cabeza de perro y rabo de gato.

María se triscaba todo lo que tuviera pene y alguna vez incluso aunque no lo tuviera. Llegó un día en que los vecinos, hartos de mi cerda promiscua y de que sus animales de compañía empezaran a volverse paranoicos esperando su visita, me pusieron entre la espalda y la pared y me vi obligado a deshacerme de ella. Jesús no pudo soportar pasar ni un día sin María y se inmoló ahogándose en la piscina.

Todo esto sucedió realmente y no me lo he inventado. Los nombres reales de los personajes no han sido cambiados porque no necesito proteger a los inocentes. Cualquier similitud con el nombre o la historia de alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia y no intencionada.

Besitos.