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| Camille Pisarro «A field in Varengeville» (1899) |
Hola:
Se me acaba de ocurrir una buena idea para un cuento corto: Una iglesia repleta de fieles y el cura oficiando la santa misa, de repente en medio de la homilía, la estatua de Jesús clavado en la cruz cobra vida y arrancando uno de sus manos del clavo que lo fija a la madera y señalando a la gente que atónita lo mira exclama: ¡sois todos un atajo de imbéciles! ¡Despertad de una vez! Al pronunciar estas últimas palabras las figuras de la virgen y las de todos los santos que se encuentran levantadas por todos los rincones comienzan a reír con esa clase de risa musical y argentina que hiela la sangre. La gente corre despavorida y sale a trompicones del santuario, todos excepto una vieja que yace en el suelo con los ojos en blanco y echando espumarajos por la boca. ¡Jesús se ha convertido en un asesino!
Cambiando de tema, pues no quiero hablar sobre las religiones, estoy pensando muy seriamente en largarme al campo a vivir. El problema es que no tengo dinero para comprar una casa rural, pequeñita pero acogedora y con un poco de huerta. Pero creo que dejando de pagar algunas facturas podría alquilar una. Necesito alejarme de la ciudad o acabaré de hundirme en la mierda urbana que destroza y corrompe. ¡Quiero ver vacas pastando, ovejas balando y cualquier clase de animal domestico que me haga tener un poco de esperanza! Me siento tan oprimido que creo que no voy a poder soportar ni un año más de vida, si ésta continúa igual. El grimorio que durante tantos años he adorado ya no tiene sentido; voy a preparar la pira; quiero ver arder la inmunda teúrgia en que se ha convertido mi vida.
Las pequeñas cosas, los extraños sucesos, sólo tienen sentido cuando los contemplamos desde cierta distancia, anteponiéndonos a su significado, haciendo prevalecer la prudencia por encima de la insensatez y el desacierto. Pero lejos de usar la determinación como vehículo redentor, preferimos duplicar la lógica absurdamente profanada con maléficos e inaceptables mensajes en los que se ensalza una palabra tan ruin y vacía como «sacrificio» hasta límites inverosímiles. ¿Cual es el precio que debemos pagar por la salvación?
Si mi carne no estuviera contaminada por los achaques del tiempo y mi cabeza pudiese asimilar el empirismo como una forma aceptable de escape, no tendría ningún reparo en santificar la raza y la creación. Pero los años no han pasado en vano y he aprendido a esconderme de la manipulación que ejercen los poderes espirituales o terrenales y a desconfiar de cualquier tipo de sonrisa afable que quiera iluminar mi camino. Yo elijo la senda, yo elijo el camino.
Hace casi cincuenta años que me pregunto «¿Cómo?», aunque sólo hace unos pocos meses que conozco la respuesta.
Besos y abrazos
