Segundo email del 3 de Octubre 2011

George Grosz, «Alemania, cuento de invierno» (1917)

Si Angela Merkel fuera un poco más guapa y su cuerpo estuviera más compensado llegaría a parecerse a una orangutana exuberante; de momento, y mientras no se someta a 42 operaciones de estética, se asemeja más a una pelota de baloncesto con faja que a una mujer rechoncha y con opiniones dignas de un marsupial, que es la imagen que ella cree que proyecta a Europa. A veces, he llegado a pensar que es hermana de cierta alcaldesa de cierta provincia española que linda con el mediterráneo, ese mar tan sufrido en ladrillazos y orines infectos que en otras épocas fue la base y el motor de la verdadera economía.

Puestos a mejorar su imagen, imaginémosla con un gran bigote estilo Adolf y unos bonitos ojos a la Reichskanzler. Tratemos de cambiar su barriga amenazadora y sustituyámosla por una del estilo de la de Cristóbal Montoro, y su gran trasero cucurbitáceo, por uno que al sentarse en los cómodos sillones del parlamento europeo no deslice parte de sus fofas carnes hacia el suelo de mármol. Para acabar, estaría bien reducir la talla de sus pezuñas, perdón, pies, de la 54 a la 33, que es totalmente femenina. ¿Qué es lo que tendríamos después del cambio? Al Yeti deshumanizado, pero de todas formas la señora saldría favorecida con la transformación. Incluso su marido (si es que lo tiene) agradecería no tener que decir «te quiero» a esa osa cuaternaria sin sentir arcadas y descomposición estomacal.

Y ella, actualmente es la jefa de nuestro sufrido continente, con la ayuda de ese otro impresentable llamado Nicolás Paul Stéphane Sarkozy; ambos hacen y deshacen, toman o dejan; entre los dos suman un ego del tamaño de Ganimedes y, entre los dos y con la ayudita de unos cuantos colegas de diferentes países, tratan de que nos quedemos en la ruina y nos dediquemos a cazar ciervos para podernos alimentar. ¡Y lo están consiguiendo! Sólo es cuestión de que sus alianzas con los usureros de las diferentes bancas nacionales den su fruto. Quieren repartirse el sucio papel de los beneficios, a costa de un montón de esclavizados atemorizados y parados que no tienen el valor para unirse, salir a la calle y poner a cada aprendiz de político donde se merece: en el contenedor de la basura y los desperdicios.

Sinceramente, amiga mía, esto no tiene solución; la solución es una cuestión del pueblo, pero el pueblo está tan ocupado haciendo cábalas para conseguir llegar a fin de mes que no ve la que se avecina. Es como la sardina que se muerde la cola o la ameba que se muerde lo que puede. Si todos los ciudadanos que clamamos al viento ante tanta injusticia dejáramos de salpicar con nuestra saliva al aire y nos dedicáramos a leerles la cartilla a esos ineptos, seguramente las cosas cambiarían. Pero como sabes, no tengo fe en el ser humano y, hoy por hoy, la suerte está echada.