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| George Grosz, «Eclipse de sol» (1929) |
Querida camarada, además de amiga:
Como ya estamos casi en fechas pre-campaña electoral los políticos empiezan a prometer más que un yonki y con idénticos futuros resultados. Todos sabemos que el oficio de político está a la altura del de puta o gigoló pero tiene mucho menos morbo, por lo menos para el cliente, en este caso votante. Depositar la confianza en las urnas votando a cualquiera de los políticos sinvergüenzas y sin moral que pululan a ambos lados del espectro izquierda-derecha es como introducirse una cucaracha por la oreja: un sinsentido y una imbecilidad. Pero no hay más remedio que decantarse por unos u otros; sabemos que ambos lo van a hacer fatal, más que nada porque lo único que realmente les interesa es salir bien en las fotos y arramblar con lo que puedan. Desde luego, puestos a mangar la derecha tiene más arte, pues ha estado muchos más años haciéndolo y por supuesto tienen más práctica, pero la izquierda ha demostrado que tiene aptitudes.
A veces, cuando miro al futuro inmediato y me veo otra vez machacado por los acólitos del señor Rajoy y compañía siento unos sudores fríos y unas repentinas ganas de exiliarme en Madagascar. Y de hecho lo haría si pudiera pagarme el billete, pero lamentablemente lo que tengo en el banco sólo me da para desplazarme a Valladolid y, si me estiro un poco, a Palencia o León. ¿Qué se puede hacer cuando la coyuntura amenaza con la debacle total en manos de esa panda de memos con ideas dignas del medioevo? La respuesta en mi caso es clara: suicidio. He estado diseñando algunas formas de auto eutanasia sin dolor y he llegado a la conclusión de que las mejores, por orden de facilidad para llevarlas a cabo, son:
1) Esnifar una víbora.
2) Lamer los calcetines de mi amigo José Manuel.
3) Escuchar un par de chistes de ese horrible cómico llamado Leo Harlem.
4) Acostarse con Carmen de Mairena.
5) Prepararse y comer una crema de adelfas.
Las formas 2 y 4, aunque son más factibles las descarto totalmente. Puedo ser un suicida pero no un masoquista. La opción de la víbora me entusiasma pero como tengo sinusitis aguda no me queda más remedio que eliminarla. ¿Qué me queda? Escuchar a Leo Harlem o la crema de adelfas. Entre ambas opciones, considero que la crema de adelfas es la más realizable pues no sólo acabará conmigo en un plazo de dos horas sino que además me reducirá los niveles de colesterol.
Volviendo al tema que nos interesa, si como proclaman las encuestas nos esperan una o dos legislaturas martirizados por el partido de la gaviota antropófaga, lo mejor es la resignación y la lucha mental. Por supuesto, esta última solo pueden llevarla a cabo seres increíbles del calibre del que escribe estas líneas. Tú ya conoces mi poder mental pues lo sufriste en tus propias carnes, cuando por medio de la concentración hice que tu tampax saliera a toda pastilla del lugar donde se suelen llevar y golpeara en la cara a un guardaespaldas de nuestra amada alcaldesa, proporcionando un sano divertimento a la gente que pasaba por la calle. Por lo tanto sabes que este método de lucha es posible y además lícito. Propongo que creemos escuelas mentales exclusivas para rojazos que quieren y necesitan ver y disfrutar del fin de esta derecha que repleta de infrahumanos va a regir los pasos de este país, que por culpa de unos y otros se acerca al desmoronamiento total.
Un besazo muy grande.
