Email del 2 de Octubre 2011

Martin Johnson Heade, «Passion Flowers and Hummingbirds» (1870-83)

Hola querida:

Hoy me he despertado sobresaltado y con un cabreo del copón; la culpa la tiene un gorrión que se aloja a pocos metros de mi ventana y que seguramente es insomne pues a las seis de la mañana ya estaba piando como un poseso. Tras lavarme la cara y las orejas intenté localizar, sin resultado, el nido del ave con genes de gallo, así que me he decidido a denunciarlo a la policía nacional. El sargento primero de guardia me ha explicado amablemente que era poco factible que la denuncia pudiese llegar a buen término si no les facilitaba la dirección de correos del pájaro, pero que intentarían ponerse en contacto con él y conminarle a que respetase las normas básicas de convivencia. Así que no he tenido más remedio que volver a casa con la moral en la bragueta y dedicarme a limpiar la cocina y el baño una vez he podido distinguirlos. Para el wc he utilizado un producto que robé el viernes en Mercadona y para la cocina un desinfectante de marca muy conocida que me recomendó mi psicólogo.

Como he acabado con la limpieza antes de lo que creía, me dispongo a contarte los últimos pensamientos y reflexiones que me pasan por la cabeza y que hacen que ésta se incline hacia la derecha cuando bostezo. Si me atrevo a comentarte mis deducciones filosóficas es porque sé que intentarás comprenderlas sin gemir para tus adentros ni pensar que soy un loco desquiciado.

El ser humano es básicamente bueno, por lo menos eso es lo que nos han metido en la sesera desde que empezamos a razonar justo en la misma época en la que luchábamos sin descanso contra el acné, pero si todos nacemos sin maldad ¿por qué algunas personas se divierten descuartizando a sus semejantes? Las razones de esta conducta incívica no son fáciles de dilucidar, personalmente creo que es debida a los gases intestinales, pero hasta el momento ningún reputado psiquiatra me ha dado la razón. Pongamos por ejemplo a Hipólito Gazmuña, el célebre asesino de abogados. Este tipo mató, troceó y se comió a 18 abogados en 24 horas. Cuando lo detuvieron, pidió por favor que le concedieran unas horas más pues su número de la suerte era el 19. Cuando la guardia civil se negó en redondo a aceptar su petición, Hipólito se puso a bailar una rumba en el pasillo de las dependencias y se rompió una muñeca con las esposas. Hoy en día este fulano sigue en prisión, se ha reformado y ha estudiado abogacía y nutrición. Hasta la fecha sigue echándole las culpas a los flatos, sobre todo a los que se alojan cerca del hígado, pero nadie cree que esta fuera la causa de su psicótico comportamiento.

¿Te acuerdas de Lucrecio Banderas? El asesino de las almorranas, como así lo llamaban, se hizo famoso porque sólo mataba a personas que padecieran hemorroides, por lo que para encontrar posibles víctimas tenía que ir bajando los pantalones y las prendas interiores a todo ser viviente que pasar junto a él. ¿Y quién no recuerda el caso de Hanibal Esparta, que coleccionaba las verrugas de sus víctimas y las etiquetaba por tamaños o colores?

Podría seguir intentando racionalizar el comportamiento psicótico humano, sus generalidades más comunes y sus posibles consecuencias para el bienestar social, incluso podría darte el número de teléfono de algún majara, pero acabo de recordar que hoy es domingo, esa fecha señalada en el calendario para descansar, y eso es lo que me dispongo a hacer. Te pido perdón por las imbecilidades de este mail, pero la culpa no es mía, sino de cierto gorrión tenor que me ha jorobado parte del día.

Besos