Email del 26 de Septiembre 2011

Van Gogh, «Starry night» (1881)

Querida amiga (en lo bueno y en lo malo):

Al final voy a tener que creer en las apariciones marianas, pues esta noche se me ha aparecido en sueños Mariano Riojales, ya sabes, el kiosquero del barrio. Me traía el periódico Público, 5 chicles sueltos  y un helado de chocolate, que es lo que yo suelo comprar. Todos sabemos que los sueños no son más que representaciones absurdas fabricadas por el subconsciente, pero este era diferente, pues Mariano iba vestido de Heliconia Rhizomes y hablaba en tailandés. Como mi capacidad para los idiomas complicados es prácticamente nula, no entendía ni una sola palabra. Afortunadamente el sueño venia subtitulado y eso facilitó bastante la comprensión, aunque había algunos pequeños errores sintácticos, como por ejemplo confundir «Anagnórisis» con «Hipófisis» o «Tumefacción» con «Morcilla de arroz». Después de exigirme que le pagara en baths tailandeses, con lo cual tuve que desplazarme en calzoncillos a un banco para que me cambiaran los euros, el sueño se terminó. Al despertarme, y mientras recapacitaba sobre la completa irracionalidad de la fase Rem, reparé en que dentro de la leñera había leña y sobre la chaise-longue una avutarda disecada; el problema es que yo nunca he tenido leñera ni chaise-longue así que intuí que estaba en otro sueño. Esta vez, por suerte era uno lujoso y repleto de ostentación. La mayoría de muebles eran de aspecto fastuoso y toda la estancia estaba limpia e inmaculada. Mientras recorría las habitaciones, de repente surgió de la nada un tipo que medía 143 cm y me preguntó si me importaría que me mordiese los testículos, pues le apetecía mucho. Anonadado, le contesté que sí me importaría, aunque si me pagaba 3000 euros igual me lo pensaba. En ese momento salí definitivamente del doble sueño; estoy seguro de ello porque sobreimpresas en las ultimas imágenes se podía leer la frase: «USTED ESTÁ ABANDONANDO EL SUEÑO, POR FAVOR NO SE OLVIDE EL PELUQUÍN «.

¿Crees que estoy para que me encierren? ¿Debería asaltar un frenopático y atrincherarme? La verdad es que estoy muy preocupado, hasta mi cutis suave y luminoso, hoy está grisáceo y áspero como el culo de un orangután. A veces pienso que llega mi fin, que estas visiones no son más que el cortometraje del principio y que cuando empiece la película ya seré un fiambre tirado en la mesa ventilada y con elevación automática del forense; y todavía no estoy preparado para visitar los campos de amapolas que dicen tapizan el suelo del cielo. Necesito un poco de tiempo, cincuenta años más. Un montón de banqueros dependen de mí y no puedo dejarlos tirados.

Amiga, tú siempre me has comprendido, incluso cuando he rozado la demencia suprema, como aquel día que te supliqué de rodillas que te casaras con un pollo de Mercadona. Necesito que me escribas y me des tu bendición, ya sabes que así me tranquilizo (por unas horas).

Besos y abrazos.