Email del 28 de Julio 2011

Artemisia Gentileschi: «Judith y Holofernes»

Querida:

Si Lucio Sergio Catilina viviese todavía, aparte de tener la respetable edad de 2100 años, seguiría participando en conjuraciones, debido sobre todo a su carácter agrio, depravado y pérfido. Ser maligno es un don humano que implica triunfo, respeto y poder, pero también fuertes dolores de abdomen y sinusitis.

Aún recuerdo la primera vez que me comporté de un modo malvado: tendría yo unos 12 años y había una chica dentona aunque guapa y engreída hasta límites insospechados que cada vez que me veía hacía como que se metía la mano en la nariz y me pasaba el dedo por la ropa; esto prácticamente todos los días que coincidíamos, como una especie de ritual demente pre-adolescente. Desconozco la razón, es posible que para ella yo fuera repugnante, o simplemente que esa fuera su manera de decir: «chico, que guapo eres, por la virgen de Loreto». No importa. La venganza fue terrible. Por aquellos tiempos, uno de mis pasatiempos favoritos era ir a las acequias a recolectar entre los juncos Araneus Diadematus (vulgo araña de jardín); me encantaba el fascinante colorido del abdomen y los cuatro pares de patas, así como su elaborada telaraña en forma de espiral. Cuando tenía seis o siete las metía en sendas cajitas y las escondía debajo de la cama. Cierto día que esa niña repelente ensayó conmigo su saludo viscoso y repugnante en una camisa semi-nueva de la que me sentía muy orgulloso, se me ocurrió una idea maléfica, perversa y canalla; lo recuerdo como si fuera ayer. Recuerdo una chiquilla danzando contenta y venturosa con su bolsito verde en una mano y la lechera llena de leche en la otra; recuerdo un montón de arañas saliendo del bolso y trepando por sus bracitos hasta el cuello y la cara; recuerdo un grito terrorífico saliendo de su gaznate y la recuerdo desmayada sobre la acera. Este acto de maldad infantil, el primero de una larga lista, me llenó de gozo pero me supuso un fuerte castigo por parte de mis padres. Aunque negué hasta la extenuación que fuera obra mía, nadie quiso creerme; supongo que en esos años de juventud idiota no era tan buen actor como soy ahora. Incluso grité durante días que todo era una vil confabulación arácnida, para desprestigiarme, pero ninguna de las mentiras que salían de mi boca sirvió para que me rebajaran la sanción.

Te cuento esto porque hoy he soñado con esa repulsiva chiquilla y, sobre todo porque muchas veces me siento como Catilina: culpable pero feliz; con esa extraña sensación del que aún sabiendo que ha obrado mal, tiene un sentimiento de bienestar y dicha porque cree, en el fondo de su corazón, que toda clase de estulticia debe tener su castigo, independientemente de la edad, sexo, circunstancias y particularidades de dicha imbecilidad y sin tener en cuenta los perjuicios que puedan derivarse de tal acto de maldad.