Email del 26 de julio 2011

Claude Monet, «Nympheas» (1915)

Oasis

Cuanto más oigo mentir y fingir a los políticos más radiante me siento en mi jardín de 3 metros de largo por 1 de ancho. Cuando abro la puerta y me deslizo al interior de la maraña verde y a veces pinchosa de hojas perfectamente retorcidas y completamente empapadas de sol; cuando deslizo muy suavemente los dedos entre cuadros de pétalos, sépalos, pistilos, antenas, pedúnculos, ovarios y estigmas; cuando después de alimentar la tierra mojada de agua sin cloro me defiendo asustado del ataque a traición de un himenóptero receloso……

Sempervivums, Zebrinas, tradescantias, y sedums. Kalanchoes, zygocactus, lithops y Haworthias. ¿Por qué solamente experimento verdadera felicidad cuando estoy rodeado de vegetación y espesura? ¿Por qué siento esas terribles y sinceras ganas de llorar cuando abrazo a un árbol añejo y gastado pero sabio y versado?
Ficus, Dracaenas, filodendros y calateas. Nenúfares, salvinias, elodeas y cyperus. ¿Alguien ha sentido miedo o asco descansando sobre la hierba húmeda por el rocío en una fría mañana de otoño? ¿Puede un bosque dominado por gimnospermas causar la desdicha o el infortunio a sus moradores bípedos?

En mi oasis de verdor y pétalos de colores no existe la ficción, incluso las begonias tuberosas, objetivas hasta el paroxismo, no pueden dejar de hacerse notar cuando sus raíces asoman por debajo del tiesto.