Hola:
Hace días que he vuelto a fumar, ya sabes, la estupidez no tiene límites y menos si el cenutrio -en este caso yo- es mentalmente inconsciente e inestable. En estos momentos mientras aspiro el humo de mi cigarrillo, repleto de alquitrán y otros 4000 productos igual o más nocivos, me hago varias preguntas verdaderamente interesantes: ¿por qué he retomado este funesto vicio? ¿es qué con un cigarrillo en la boca me encuentro más sexy? ¿estoy lo suficientemente nervioso como para tener que recurrir al viejo subterfugio de la nicotina? ¿he llegado a un punto donde realmente me importa todo un carajo y me da absolutamente igual que mi rencorosa garganta me castigue con afonía, sangre y dolor?
Si tuviera que responder a mis propias preguntas, ingenuamente me respondería con el simple pero directo morfema de la negación, pero el verdadero problema estriba en que no quiero auto-contestarme, pues si lo hago dejaré de visitar mi estanco favorito el próximo lunes, que es el día que he decidido acaba mi furtiva y breve incursión al mundo de las enfermedades pulmonares y faríngeas; pero ¡ojo! no quiero equivocarme ni que tú te lleves una impresión equivocada sobre mi gran fuerza de voluntad; si dejo de fumar, solamente lo hago porque el precio de las cajetillas de tabaco está imposible, yo diría que vergonzoso. Hemos llegado a un punto donde no se nos permite matarnos lentamente si no es exprimiéndonos el bolsillo y la dignidad.
Acabo de apagar la colilla y la he apurado al máximo pues creo que al final está la sustancia; esa concentración de veneno sintetizado a la máxima potencia. Ahora voy a arrepentirme y sollozar arrodillado en mi rincón de los lamentos. Todos tenemos uno en nuestras casas, algunos incluso varios; el mío es oscuro y húmedo, pues está bastante alejado de la ventana, lo suficiente para que la gente que camina por la calle no escuche los ruidos que mi cilicio hace al tocar suavemente mi espalda.
