Voy a tratar de contarte todo lo que me ha sucedido esta mañana:
Me desperté sobre las seis, satisfecho y con ansias de comerme el mundo así que me desperecé con verdaderas ganas, tantas que sufrí un horrorosa rampa en el gemelo derecho que hizo que en vez de caminar hacia la ducha, tuviera que pegar saltitos tipo pájaro, uno de ellos con tan mala fortuna que en lugar de descansar el pie sano en el suelo de gres lo descansé sobre una hoja de periódico que yacía inerte -nunca he visto hojas de papel con vida- en el suelo. Resultado: batacazo y aterrizaje anal que retumbó hasta en Madagascar. Mientras trataba de levantarme apoyado en el respaldo de una silla, ésta cedió y me volvió a tirar de bruces. Esta vez, para no volver a castigarme el trasero, caí de morros y supongo que el jaleo que armé despertó a un mosquito diurno que amablemente me picó en un párpado.
No sé cómo, pero al final me trasladé al baño e intenté ducharme. Digo «intenté» porque cuando giraba la llave del agua, en lugar del líquido elemento sólo salía aire (luego me enteré de que debido a unas obras, los amables esclavos del ayuntamiento habían quitado el agua sin avisar a nadie, seguramente para hacerse los interesantes). Hastiado de mi magnífica suerte me dirigí a la cocina a prepararme un suculento desayuno a base de tostadas, mermelada y leche de soja chocolateada; mientras se me hacía la boca agua pensando en la opípara comida que me esperaba y, no lo olvides, a pata coja, mi rampa, que en estos momentos se sentía infravalorada, empezó a hacerse notar otra vez pero de una forma descontrolada que me hizo proferir un espantoso grito de angustia que haría palidecer de envidia a Tarzán de los monos. Total, opté por sentarme en un taburete de madera bastante desvencijado y me puse a rezar; como soy ateo convencido y a falta de dioses que se dignaran escucharme, intenté un rezo a Manitú mientras trataba de asumir mi mala suerte.
Te cuento esto, más que nada, porque necesito contárselo a alguien que sepa escuchar sin bostezar.
