Título: El general Akashi Gidayu leyendo su poema antes del Seppuku
A veces, en mitad de una ensoñación producida por asqueamiento, displicencia y abulia, puedo imaginarme un botón en el centro de la nada más absoluta. Cuando es apretado, ese botón tiene el poder de volatilizarme, y evaporado me encuentro mejor porque no existo. Sólo no existiendo se puede comprender el verdadero sentido de la existencia. Existir implica execración, ignominia y ruindad; por el contrarío inexistencia conlleva una serie de legítimos significados ocultos a los ojos de los que desean vivir, que influyen en la interpretación de las circunstancias, esas asesinas de la moralidad y de la ética más inútil o inextricable.
Cuando miro por la ventana en un vano intento de distraerme de esa evanescente idea que conmueve mi vida, no puedo dejar de discernir que algunos de esos minúsculos puntos con diferentes tonalidades que a diferentes velocidades cruzan por delante de mi ángulo de visión, de alguna extraña manera, son parte de ese «palacio memnoniano» de mis recuerdos. Existen porque puedo verlos, pero mi cerebro confuta su existencia; y así, repudiando esos onerosos trazos existentes porque los advierto, pero inefectivos porque no benefician a mi salud espiritual e intelectual, compongo falsas melodías repletas de acordes disminuidos que lejos de ayudar a mi cansado espíritu a remontar, sólo engendran pánico y terror.
Ahora lo tengo claro: soy un terrorista y, los terrorista asesinamos sin convicciones; el terrorista que ejecuta por una razón, no es terrorista, es un necio, un cateto, un idiota. Como verdadero terrorista arremeto contra todo sin razón aparente; desconozco el guion de mis impulsos pero al mismo tiempo organizo incursiones con saqueos a mi memoria, que hierve como el caldero de la bruja Ceridwen; ignoro las represalias y rechazo la indulgencia que se retroalimenta de la misericordia y la piedad escupidas por esa lengua bífida que es mi cerebro indispuesto.
Los dogmas, convicciones e ideales arden cuando los acercas al fuego; la cuestión es: ¿resulta lícito salvar la incapacidad para sentir? ¿es deplorable el falso arrepentimiento cuando la única justificación que lo sostiene es el cinismo como arma de doble filo? A veces siento ganas de cavar una fosa cuya profundidad total mida la suma de mis frustraciones y fracasos; en esos momentos de abatimiento e indiferencia me siento como una gota de mercurio que se desliza juguetona por manos inexpertas, siendo esa estéril incapacidad la llave herrumbrosa que ya no puede abrir ninguna puerta.
Incluso abandonado y perdido oteo el horizonte y contemplo la línea; en mi rincón umbrío se funden varias clases de rectas: la línea del cielo y la línea del infierno. Cuando medito intuyo la existencia de líneas claras y definidas, líneas oscuras e infinitas y por supuesto una gran cantidad de líneas borrosas y confusas cuya exclusiva utilidad es la esperpéntica difuminación de las perspectivas razonables.
La completa indiferencia de hoy es la fosa húmeda de mañana; puedo sentir las raíces de los arboles rasgando furiosas el féretro de mi apatía; puedo oír las gotas de lluvia que se deslizan entre esas mismas raíces y acaban golpeando con ritmo sincopado la cubierta de mi sarcófago. Enterrado por decisión propia, ya no me influyen las sombras estroboscópicas que se expanden como las llamas de una vela votiva fabricada con parafina cósmica, porque a pesar de todas mis torpes justificaciones acerca de la inutilidad de mi fuerza, presiento que el seppuku ritual es el genuino desenlace que puede poner el broche final para mi cobardía.
