
Amiga:
Algo me despertó. Algo que había en mi habitación me despertó. Hubiera preferido dormir un par de horas más, pero un ruido casi imperceptible aunque desconcertante, que provenía de algún lugar debajo de la cama, me sumió en una especie de angustia que se avivó cuando traté de dilucidar qué sería capaz de provocarlo. Me quedé tumbado, inmóvil, mirando al techo y esperando encontrar alguna respuesta. De repente, el ruido cesó por completo. El silencio se disolvía por cada pared, cada esquina, baldosa, armario. Un silencio extraño, entrometido. Un silencio hiriente que parecía haber sido ordenado por una entidad desquiciada únicamente para demostrar los beneficios de los crujidos, de los chasquidos, del alboroto y estrépito que habitualmente nos convencen de nuestra inmaculada y falsa perennidad. Mientras procuraba encontrar una explicación coherente que tranquilizara mis nervios, el ruido comenzó de nuevo. Intenté bajar de la cama pero las piernas no me respondían. Agarrando con fuerza un lateral del somier me deslicé hacia un lado. Quería ver qué clase de engendro demoníaco, de éste u otro mundo, alteraba mi descanso, mi juicio, mi espíritu, mi ánimo. Pero no pude hacerlo. Cuando estaba a punto de descubrir el secreto que se ocultaba justo debajo de mi cuerpo, separado de mi piel por un par de palmos de tela, metal y madera, el edificio se vino abajo. Ahora estoy en el hospital y dos policías se acaban de marchar, después de haber estado atosigándome durante un buen rato. Querían saber por qué razón no había abandonado el inmueble hacía siete semanas, cuando se dictó la orden de demolición.
Un abrazo.