
Mi nombre es Gregorio, aunque Verónica me llama Gori. Adela llama Rónica, en lugar de Vero, a Verónica. Bernardo me llama Greg y yo llamo Bernar a Sergio, por lo que suelen haber bastantes líos cuando Yolanda se dirige a Yeyo, que es como el resto de amigos llama a Sergio, o a Bernardo que siempre ha preferido que no usen con él ninguna clase de diminutivos. Adela es Lita para todos excepto para Vero, que a menudo se dirige a ella como Psss. Yolanda… bueno, Yolanda en realidad no existe, o por lo menos eso cree ella.
GORI: No pretendo ser omnisciente, pero si alguno de vosotros está convencido de que…
LITA: Oh, cállate ya, Greg.
BERNAR: ¡No! ¡Déjale que acabe de decir lo que quiere decir.
GORI: Decía que no pretendo ser omnis…
YOLANDA: ¡Ciente!
RÓNICA: Sí, eso ya lo habíamos escuchado, Gori…
LITA: En resumidas cuentas, Greg no pretende ser omnisciente…
YEYO: En realidad se trata de un claro caso de vulnerabilidad. Greg, o Gori, es un tipo, digamos, delicadito…
GORI: Yo no soy delicado, ni vulnerable. Solo trato de no ser omnis…
YOLANDA: ¡Ciente!
RÓNICA: Es increíble cómo ha degenerado la conversación. ¡Sólo porque Greg haya dicho que padece macrosomía genital.
GORI: No la padezco. Nací con ella…
YEYO: Bueno, no es malo que la minga te mida 29 centímetros…
GORI: ¡27!
RÓNICA: Veréis, yo creo, mejor, estoy completamente convencida, erróneamente, a mi juicio…
BERNAR: ¿Estás completamente convencida, erróneamente? Creo que me estoy volviendo loco…
RÓNICA: Quiero decir que estoy convencida de que tener un pene tan largo es… bueno, Psss lo podría explicar mejor que yo, porque folló una vez con John Holmes antes de que la palmara de sida.
ADELA: ¡Yo no follé con él! ¡Sólo le hice una entrevista!
GORI: ¡Nunca he querido presumir de falo! Por eso llevo casi 10 minutos tratando de explicar que no pretendo ser omnis…
YOLANDA: ¡Ciente!
YEYO: Pues yo estoy convencido, verdaderamente, a mi juicio, que una polla gorda es una polla gorda.
BERNAT: ¡Desde luego! Jamás pensé ni por un momento que una polla gorda no fuera una polla gorda, pero en este caso se trata de una polla larga, no gorda…
GORI: Bueno, también es gruesa…
RÓNICA: ¿Y qué más da que Gori tenga un supernabo? Un supernabo solo funciona con un superchocho.
YEYO: Mirad chicos, mi pene sólo mide 2,7 pulgadas, pero os aseguro…
GORI: ¿2,7 pulgadas?
YEYO: ¡7 centímetros! Y jamás, y repito, jamás ninguna mujer se ha quejado de su rendimiento.
RÓNICA: Sinceramente, Sérgio, o Yeyo, o como quieras que se te llame… Tus penetraciones son inefectivas, indiferentes e inficionadas.
YEYO: ¿Cómo te atreves? ¡Gemiste hasta el paroxismo!
RÓNICA: Porque mientras trataba de fingir que me gustaba me picó una abeja…
GORI: Siento que la conversación se está torciendo. ¡Y eso que no pretendía ser omnis…
YOLANDA: ¡Ciente!
Sigo llamándome Gregorio. Y sigo poniendo buena cara cuando se dirigen a mí como Gori o Greg, aunque en realidad odio esos sobrenombres. Preferiría Goyo, que es como llamaban a mi padre. Y eso que él siempre quiso ser conocido como Gri o incluso Gorio. ¡Putos apelativos del demonio! Tenía razón Yeyo cuando habló de mi vulnerabilidad. Sí, ciertamente soy una presa fácil, moralmente hablando, por supuesto. Soy Gregorio y al mismo tiempo soy, o debería ser alguien.
LLamémosme Alguien. ¿Alguien? Alguien no soportaba a alguien, pero no tenía más remedio que tragar saliva y escuchar las memeces que salían de su bocaza porque ese segundo alguien era un familiar cercano de la persona con la que vivía. Y a la que quería. Y que por alguna estúpida casualidad de la existencia también se llamaba Alguien. ¿Alguien?
LLamémosme y llamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien era alto y aunque estaba demasiado pagado de sí mismo podía permitirse odiar a los individuos monotemáticos y a los que por encima de cualquier otra cosa sólo les interesaba huir. Esa clase de gente que cuando la miras te das cuenta de sus terribles carencias disfrazadas de felicidad engañosa, esos a los que supuestamente nada asusta, quizá porque sus neuronas no saben distinguir entre lo que es real y lo que es pura patraña. ¿Patraña?
LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien amaba la soledad, pero no la que proporciona el aislamiento o el ascetismo, sino la interior, la que alimenta sabiduría y entendimiento. La que no reniega de un buen libro o una película clásica y a la que las conversaciones banales provocaban un inaguantable sopor que Alguien somatizaba en enfermedades misteriosas. La soledad por la que era tildado de rarito y loco. ¿Loco?
Llamémosme Alguien. ¿Alguien? Alguien coartaba la libertad del alguien a quien tanto amaba, simplemente hablando, hablando de cualquier cosa. A veces se sentaba en el suelo en total oscuridad y se preguntaba para qué había nacido, si todo es tan irreal, tan confuso. En esos momentos, los colores que formaban sus circunstancias se desteñían. Y mientras eso sucedía, un remolino de sentimientos antagónicos centrifugaba su conciencia. ¿Conciencia?
LLamémosle Alguien. ¿Alguien? Alguien no podía cruzar el océano que separa los continentes del «mi culpa» y «tu culpa». Por eso un día llegó a su casa, saludó a sus paredes y se cortó las venas. Su sangre acuosa formó un riachuelo en el suelo y se deslizó hacia ninguna parte: esa zona es la única en la que todo está permitido. Nada supone nada. El lugar donde palabras tienen el valor que esos muchos alguienes quieran darle y donde los necios sin cerebro no trasmiten su mierda a quien no esté interesado. Esa porción de una totalidad difusa, aparente, tan difuminada como una flema pisada en la arena mojada y que de alguna forma, se rinde ante la plenitud de lo inalcanzable. ¿Inalcanzable?
Llamadme Gregorio…