Email del 8 de noviembre 2020

 

Mikalojus Konstantinas Ciurlionis. Truth (1905)

Querida:

¡He mezclado verdades con mentiras! En una ocasión intenté mezclar verdades con palitos de cangrejo y la cosa no funcionó, aunque acabé comiéndome los palitos uno a uno mientras las verdades huían aterradas por el conducto de la ventilación. Quizá te preguntes cuál ha sido la razón que me ha impulsado, sobre todo a mi edad, a mezclar ambas proposiciones. La respuesta es sencilla: no ha habido ninguna razón. Lo he hecho porque he sentido la necesidad de hacerlo. ¡Y punto! Por eso he escogido verdades indefinidas, mentiras modificadas y filigranas desgastadas. Con las primeras he tejido un gran manto inveterado, con las segundas he desgarrado el mismo manto inveterado, mientras que con las filigranas he intentado disimular las tres horas y media invertidas en la operación. Luego, tras relamerme la herida, me he sentado sobre un chusco sin mezcla que llevaba aparcado en la silla desde esta mañana y he sentido que verdaderamente yo soy yo, pero no el yo que tú y otros conocen, sino un yo diferente y circunstancial al que le ha estado vetado durante lustros sentirse a sí mismo. 

Lo más increíble de todo es que mientras me sentía a mí mismo también me he sentido a sí mismo. Y de la misma manera que me sentí el día que intenté parecerme a los demás, hace hoy año y medio. No me entiendas mal. Me importan una puta mierda los demás, ya lo sabes, pero en ocasiones es placentero convertirse en algo que se desprecia, sobre todo si uno conoce hasta donde puede llegar. Dicho lo dicho, voy a tratar de explicarte algo más: no solo me importan una puta mierda los demás, sino que de la misma manera me importa una puta mierda todo lo que pueda sucederles, tanto a ellos como a sus familiares y a sus mascotas. Y a las mascotas de las mascotas, es decir, a los parásitos externos e internos (pulgas, garrapatas, tricúridos y anquilostomas).  

Hay una mentira sobre la alfombra turca adquirida en Castellón. Puede que se me cayera cuando hice la mezcla. O puede que haya aparecido para vengar a sus coterráneas. En ese caso se trataría de una alfombra superhéroe. Está claro que ese tejido desconoce mi aborrecimiento por las alfombras admiradas por sus proezas. En el armario empotrado del recibidor guardo un cubo de hojalata repleto de defecaciones y semideyecciones guardado por si algún día ocurría lo que acaba de ocurrir. Es cuestión de tiempo que todas las moscas y tábanos del barrio entren por la ventana a apurar el grandioso banquete. Mientras medito la forma de proceder, voy a ponerme en contacto con Alfonsico, mi neurólogo maño afásico, aplásico y litiásico. ¡Y protanómalo!