Email del 2 de noviembre 2020

 

Vasily Vereshchagin. Politicians in opium shop (1870)

Amiga:

Dios nos odia a todos. A mí, como ateo, apóstata y fabricante de pantáculos de juguete indicados para niños de dos a cinco años, me la suda hasta extremos imponderables. Pero conozco a algunos cenutrios y badulaques que se sienten impotentes porque han pasado de considerarse los agraciados y amorosos borregos de esa divinidad venida a menos a unas simples cacas amarillentas y resecas. Es lo que tiene el paso inexorable del tiempo. Está bien que cualquier imbécil espiritual se sienta totalmente libre abriéndose de mente (en ocasiones incluso de  piernas) ante lo que otros más imbéciles (espiritualmente, of course) todavía denominan «dimensión profunda», pero de ahí a que intenten pregonar sus propias patrañas quebradizamente manufacturadas por medio del mensaje político adulterado, existe una escandalosa e inaceptable brecha. 

Tengo un amigo que lo resume de otra manera: «os voy a matar a todos, fascistas hijos de puta». Por supuesto mis ideas están bastante alejadas de las de este tipo. El quiere matar. Matando se mata a sí mismo. Yo quiero que todos los fascistas padezcan colitis isquémicas o ulcerosas durante la mitad de sus autoritarias existencias. Claro que si mi conocido se mata a sí mismo por querer matar, entonces yo me condeno a sufrir alguna de esas malditas enfermedades del jodido colon. Bueno, supongo que ya nunca podré meterme una berenjena por el… 

Dicen que Dios es la irradiación del gozo de los sentidos. Cada vez que escucho esa o alguna pamema parecida, mi polla se humedece y termina empalmándose hasta triplicar el tamaño de los panes y de los peces. Lo mismo me sucede cuando algún politicucho soberbio, arrogante y con la jeta vestida con una barba negra y repugnante invoca a don Pelayo para reivindicar su antediluviana visión de España, ese país que, como tal, nunca ha existido. Spain (AKA torero y olé) es una amalgama de pequeños países conjuntados a la fuerza con la inestimable ayudita de ese Dios intransigente y sus innumerables permisiones divinas. 

En realidad he llegado a un punto en el que todo me importa una mierda. 

Greg