Email del 23 de octubre 2020

 

Joshua Miels. Eye study (21st century) 

Querida:

Esta mañana, mientras me comía una barrita de avena con chocolate negro, he llegado a la conclusión de que la magnitud física que mide la duración de los acontecimientos no es más que una jodida puta mierda paranoide, o expresándolo con palabras un poco más sencillas y amables: el tiempo no significa nada. ¡Nada! Hoy estoy aquí pero mañana puedo estar allí, aunque la verdad es que estoy seguro de que estaré también aquí. Porque solo aquí me siento lejos de allí. Cuando estoy allí, solo quiero regresar aquí. Aunque en realidad aquí y allí son el mismo lugar y nadie tiene garantizada la existencia en ninguno de entrambos emplazamientos. Aquí puedo inventar mentiras que miden la misma longitud que allí, sin embargo nunca he medido una verdad indubitable. ¿Existen esa clase de evidencias tan indiscutibles? La verdad es que no me interesan en absoluto. O quizá es que no estoy acostumbrado a tratar con ellas. ¡Todo el mundo vive una soporífera ficción! ¿Por qué debería yo ser el único que representa el papel que tiene establecido? ¡Odio a los dramaturgos! ¡El argumento es el cebo! ¡Y odio a los directores de escena! ¡La coreografía es el veneno! El único guion que estaría dispuesto a representar debería estar escrito con esa extraordinaria mezcla de agua de lluvia y tierra llamada cieno. Y el único director al que realmente haría caso estaría picado con escaras de arriba a abajo. Yo me sometería. Me arrastraría. Pero solo hasta la primera marca, la que delimita mi posición en el espacio escénico… saturado… 

Eliminé todos los estímulos axiomáticos. Deseché cada una de las repeticiones que… ¡No, no me refería a las escansiones! Hablaba sobre ese tipo de repetición insoluble que implica nerviosismo patológico. Ya sabes, esa pequeñas reiteraciones que casi nunca obedecen a ninguna razón establecida y que tienen el mérito de resultar inaguantables. Pero con la precipitación impuesta por el deseo de sentirme dentro y fuera, dentro y dentro, fuera y fuera, me olvidé de que yo era yo, y que yo pretendía aguijonearme a mí mismo, y que de la misma manera podía llegar a ser cualquiera y a aguijonear o incluso punzar o picar a cualquiera. Entonces creí que había llegado la hora de transformarme en una coincidencia definitiva y enfocar con mi luz descabellada a cualquier clase de circunstancia no perfectamente documentada, dispersa o incluso enigmática.

Luego, rellené la ausencia, mi propia ausencia, la reconocí como una pequeña parte indivisible y la enumeré. Me sentí tan satisfecho como un autócrata consagrado a encomendar sus más preciadas humillaciones. Y cuando escuché el ruido despectivo de cada uno de los reyes y reinas descartados de la primera versión registrada y autentificada, me vine abajo. Todavía estoy abajo. Pretendo quedarme aquí, porque solo aquí me siento lejos de allí. Cuando estoy allí, solo quiero regresar aquí. Aunque en realidad aquí y allí son el mismo lugar y nadie tiene garantizada la existencia en ninguno de entrambos emplazamientos.

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