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| Salvador Dalí. Niño geopolitico mirando el nacimiento del hombre nuevo (1943) |
Amiga:
Antes de desconectar el cable USB, conecto el cable USB. Siempre he odiado a la gente que desconecta los cables, cualquier tipo de cable, antes de conectarlos. Sí, vale, es un acto de rebeldía que en cierta manera les honra, aunque me gustaría saber para qué cojones sirve sentirse virtuoso o creer que se tiene un mérito que francamente se merece. Yo desconecto el USB cada día a las siete menos cuarto de la mañana. A esa horas mi ordenador está apagado y el cable en un cajón. No me preguntes cómo lo hago porque ni yo mismo lo sé. Pero te juro por la ranura para tarjetas TF que desconecto el USB. Quizá por esa razón odio a los tipos y tipas que, y vuelvo a repetirlo, desconectan los cables antes de conectarlos. Y te aseguro que en mí no se trata de un acto subversivo o asocial, ni siquiera de una rabieta insocial o antisocial, sino una forma de vida alternativa. ¡Una elección propia y libre! Pero si esa clase de imbéciles, los que desconectan los cables antes de conectarlos, no existiesen, o por lo menos existiesen en otro mundo que no fuese este, yo sería proclamado el tipo más excéntrico del planeta. Y se me amaría como se debería amar al tipo más excéntrico del planeta. Sin embargo, todos los habitantes de este mundo me odian. Lo sé porque me lo solté de repente a mí mismo hace más de 50 años, y desde entonces me lo repito cada día, cada tarde y cada noche como si fuese una «toria toria toria» (jaculatoria laudatoria suplicatoria).
Mis perros APE, WAV y FLAC están destrozando el sofá. Los oigo desde el otro sofá. Cuando terminen con él, con el sofá, me refiero al sofá que están destrozando, supongo que vendrán a destrozar este sofá. Mientras destrocen este sofá yo estaré tumbado en lo que quede del otro sofá. Supongo que meditando sobre los perros y los sofás. ¡Creo que podría escribir un libro sobre pingüinos! ¡Ja! ¡Te pillé! Estoy seguro de que pensabas que iba a decir que podría escribir un libro sobre perros y sofás.
Creo… creo firmemente en la fragilidad, en la inconsistencia. También creo firmemente en la seguridad auditiva. Mi abuela, una mujer muy consistente y sólida, solo podía escuchar cuando sabía que nadie la escuchaba escuchar. Sé que es difícil entenderlo, pero aunque ella está muerta puedo demostrártelo por medio de algunos vídeos en Súper 8 que le filmó mi abuelo, que también está muerto, en las décadas de los 70 y 80, cuando ambos todavía vivían, aunque en realidad comenzaban a morir lentamente. Gracias a ese referente en forma de recuerdo fílmico he llegado a la conclusión de que siempre hay que comprobar los conectores de los auriculares, pues la suciedad se transforma en ruido.
Mis perros APE, WAV y FLAC acaban de destrozar el segundo sofá y una vidriera que heredé heredé heredé heredé heredé (MODO REPETICIÓN) de mi tía Josefina, a la que cariñosamente llamaba «Interfaz principal». En realidad ella nunca supo que yo la llamaba así. Tampoco supo nunca cómo diantres se podía iniciar una grabación en su equipo HiFi sin tener que apretar un botón. Y mucho menos predefinir una sintonía. Por esa razón se lió con un vendedor de tocadiscos ficticio que le duró bastante poco.
Antes de desconectar el cable USB, conecto el cable USB. A veces incluso me toco el ombligo de forma arbitraria mientras lo desconecto (el cable USB, no el ombligo). Soy uno de los pocos humanos pertenecientes al género masculino que son capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo. Eso sí, jamás me verás chupar una batería de iones de litio mientras me limpio los lentes monofocales. Y suelo limpiar mis lentes monofocales cada vez que he llegado a la resolución, o deducción, o como quieras llamarlo, de que mis gafas están realmente sucias. Ya sé que es una memez, pero yo soy así. De todas formas, según los valores con los que este mundo fabrica a sus adalides y paladines, el mejor limpiador de cualquier tipo de superficie fue (y sigue siéndolo, je suppose) la gorda del anuncio de Cillit Bang, que con un flus-flus, es decir, una pasadita, le dejaban de agobiar las gotitas de la mampara del baño.
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