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| Katsushika Hokusai. Japanese ghost (XVIII-XIX cent.) |
Querida:
Sucedió hace unos 40 años. Lo recuerdo perfectamente. Me encontraba sentado sobre el borde de la acera contemplando cómo subía una escalera de madera la cabra de un gitano muy conocido por el barrio gracias a sus espectáculos artiodáctilos, cuando vi cómo se les acercaba un japonés con rostro avinagrado. Aunque no pude escuchar lo que decían rápidamente me di cuenta de que aquello barruntaba tormenta. En un momento dado el japo sacó de debajo de su chaqueta un daisho, se lo clavó al gitano en la cadera y se alejó con la cabra. Pasaron un par de años. Un día mientras estaba ojeando las novedades en una librería del centro de la ciudad, mis ojazos acabaron fijándose sobre un libro que se titulaba Yo soy el japonés que robó la cabra al gitano. Cuando lo agarré con fuerza reparé en el nombre del autor, un tal Katsuhiro Takita. Di la vuelta al ejemplar y reconocí la cara al instante. No tenía ninguna duda, era el nipón que había acuchillado al gitano para robarle la cabra. Pagué el libro y me largué a casa a toda prisa. Una vez sentado en mi sofá de lectura y con la lámpara de lectura encendida, comencé a rascarme la espalda (en realidad comencé la lectura pero me parecía un recurso muy manido usar tres veces seguidas el vocablo «lectura»). Cuando cinco horas más tarde terminé el último capítulo no podía creerme lo que había leído. Trataré de resumirlo en 15 o 20 líneas: Ese tipo, Takita, se autoexilió de Japón en 1978. Al principio vivió unos años en Chile, pero al final terminó en España. Para ser más precisos en la cuenca mediterránea. Para ser todavía más precisos, en Valencia. Para ser un poco más asquerosamente precisos, en el barrio de Benimaclet. ¡Mi barrio! Los primeros capítulos son biográficos y no llegan a ningún lado, pero a partir del duodécimo, la cosa se desmadra de lo lindo. Parece ser que todo comienza cuando este tipo se mete en una pelea callejera y alguien le atiza en el cráneo con la cabeza disecada de un toro de lidia. A partir de ese instante, a Takita le comienzan a rondar ideas muy extrañas por el cerebro. Al final llega un momento en el que una voz extraña que escucha, sobre todo cuando se mete el dedo índice en la nariz, le ordena que robe una cabra o toda su familia en Hamamatsu morirá descuartizada por un shinigami. Un día, cansado y temeroso de esa voz espectral decide ponerse manos a la obra. Sabe que los viernes, junto al mercadito suele actuar un gitano con su cabra virtuosa. Lo que sucede a continuación ya lo sabes porque has leído el comienzo de este texto. Tres meses después, Takita se harta de la cabra y la arroja por una ventana. Afortunadamente vive en un bajo y el bicho corre despavorido antes de terminar atropellado por un Seat 1500. Esa misma noche recibe una conferencia desde Hamamatsu en la que un policía llamado Yamato Oju le comunica que toda su familia ha aparecido descuartizada en trocitos de 5 x 12 y 9 x 18 centímetros. Cuando el poli le pregunta si quiere que le envíen todos los trocitos -cerca de 120000- a Valencia, Takita se viene abajo y decide escribir su historia.
Y eso es todo. Jamás volví a ver a Katsuhiro Takita o algún otro ejemplar de su libro. Desde luego sí que vi a otros japoneses y a un número indeterminado de gitanos y de cabras. Incluso una o dos cabezas de toro de lidia disecadas. Una de ellas cuando quemé hasta los cimientos el CATVA (Centro de Asuntos Taurinos de Valencia y Alicante).
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