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| George Grosz. A victim of society (1919) |
Hola, tengo ganas de vomitar:
La interrelación entre lo que pienso que debería suceder y lo que realmente ocurre es diáfana, y en algunos casos demasiado sintomática: por ejemplo, yo fui obligado, tú también. En realidad todos nacimos porque unos padres egoístamente plastificados quisieron sentir algo. Pero, ese algo, por llamarlo de una forma convenientemente agresiva, aunque podría dejar que alguien lo denominase soledad interior u otra mierda parecida, no es el mismo algo al que continuamente me refiero cuando despotrico contra la memez. Y eso lo saben bien los pocos amigos que me puedan quedar. Uno, el primero, es un algo que aunque evidencia cierto desengaño existencial, siempre (o casi siempre) finaliza de la misma forma: con lágrimas. ¡Con jodidas lágrimas resbalando por esta puta cara humana! Con jodidas lágrimas… resbalando. En ocasiones haciendo como que resbalan. ¡Joder, son mis padres. ¡Eran mis padres! A ellos les gustaba… lo resbaladizo… Al igual que los tuyos, nunca intentaron , bueno, uno sí, casi siempre… ¡Resbaladizo! ¡Es tan difícil expresar lo que siento! ¡Y lo que no siento! El segundo… el segundo algo, pese a estar precedido de una cantidad exorbitante de pequeños y medianos algos, o alguitos (resbaladizos), ha pasado a transformarse en un chiste repetitivo al que acudo cuando siento ganas de vomitar.
Tengo ganas de vomitar.
Tengo ganas de vomitar.
Tengo ganas de vomitar (te lo repìto)…
De vomitar por estar rodeado de estulticia y ¿necedad? ¿Necedad? ¿Acaso no somos libres? ¿Necedad? Todos podemos hacer lo que queramos en el instante que elijamos y delante de quién nos dé la realísima gana. ¿Necedad? La única justificación para haber retrasado lo inevitable -y como hago a menudo, hablo de mí, por dentro- estriba en su propia ironía. Resbaladiza. La ironía intrínseca a la justificación. La justificación resbala cuando a nadie le interesa. ¿Me estoy burlando de mí mismo? Por supuesto. Solo mofándome de mí constantemente puedo llegar a ser tomado en serio esporádicamente. Y solo cuando crea que una parte de los estultos babeantes me toman en serio, ya sea porque han llegado a impertinentes conclusiones sobre sí mismos, o porque en realidad se han dado cuenta (se han dado cuenta, se han dado cuenta) de que si no sonríen al leer mis textos y al mirar de frente a mis ojos, de alguna extraña manera están demostrando mi teoría. ¡Mis teorías! ¿Necedad? ¿Cuántos padres y madres se estarán revolviendo en sus tumbas y en las urnas que contienen sus cenizas? ¿Sus cenizas? Las urnas siempre se guardan en los armarios bajos de las cocinas, junto a las palanganas y a los productos concentrados de limpieza. Morir significa desprenderse de todo. De todo lo que en vida resultó muy complicado desprenderse. Morir sirve para enriquecer la propia, y a menudo falsa, leyenda. Morir es una manera de terminar con la ¿necedad? La estulticia y la ¿necedad? que ilumina nuestros propósitos desde el mismo momento que rechazamos (o nos impiden) continuar chupando, lengüeteando y succionando los pezones de la que el resto de la familia denominó (y sigue denominando) santa. Santa por aguantar a su marido, que en realidad no es su marido. Santa por parir un hijo que en realidad no es un hijo. Por parir. ¿Por parir? ¿Por parir? ¿Para qué? ¿Necedad? ¿Necedad… para siempre? ¡Me resbalo! ¡Me resbalo! ¡Me res.. me alegro tanto de no haber tenido hijos! He tenido serpientes, guitarras y libros. Las primeras direccionaron o incluso sustituyeron mis sentimientos parentales. Las guitarras y los libros me despojaron del espacio y el tiempo, mejor, de la parte elemental que me diferencia de los que se sienten humanos porque siguen las normas. Yo, yo solo sigo el camino que me lleva al váter. ¡Maldita y resbaladiza próstata!
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