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| Glenn Brown. The pornography of death (1995) |
Amiga:
Mi segunda novela pornográfica escrita en el idioma de Benny Hill se titula Darlene’s sensitive, antisocial and trifolium-shaped pussy, o lo que es igual, El coño sensible, antisocial y con forma de trifolio de Darlene. En realidad la prota posee dos vaginas: una la utiliza para lo que podríamos denominar el día a día, y una segunda con aspecto gótico y mucho más reseca que carece por completo de epitelio escamoso estratificado mucoso. Lo que hace a este libro único en la literatura sicalíptica, concupiscente y obscena moderna es que está narrado por un vibrador robotizado de la serie HAL 9000 (High Anal Lush, modelo 9-000).
Mi primera novela pornográfica escrita en el idioma de Joseph Grimaldi fue un éxito abrasador, sin embargo nunca estuve contento con los 64 últimos capítulos. En algunos de ellos se suceden varios giros inesperados que ponían y todavía ponen en duda mis capacidades cognitivas. Sin embargo solo traté de hacer caso al editor. Él quería que el penetrador penetrante, que es el nombre por el que se conoce al antagonista del héroe victorioso soso, no fuese un hombre, sino un haz de luz divergente. ¡Y yo tuve que tragar! También se empeñó en que Lady Clarise no fuese virtuosa sino una ninfómana retraída y extrovertida al mismo tiempo, por lo que el personaje terminó pareciendo una esquizofrénica desorganizada. ¡Y yo tuve que tragar! Cuando estaba acabando de redactar el último capítulo me presionó para que Lord Wellington, el padre de Gretchen y cuñado de Leonore, se transformara en un superhéroe llamado Copulatorman; y también para que el perro rabioso que mata a Pearce después de que este se niegue a calibrarse la minga fuera una lagartija furibunda. ¡Y yo tuve que tragar!
Mi tercera novela pornográfica en el idioma de George Peele nunca será publicada. Es tan sucia y escabrosa que he decidido carbonizarla, si es que alguna vez me dispongo a escribirla. Mientras llego a una maldita conclusión intento por todos los medios que el paso del tiempo no me distancie de mí mismo. Ya estuve una vez lejos de mí y aprendí que se vive mucho mejor dentro del cuerpo al que se pertenece. Está claro que de vez en cuando uno tiene que tomar conciencia de sí mismo, aunque desconozco la razón que nos lleva a pasar por ese terrible trámite. Si pudiera elegir, seguramente me negaría a hacerlo. Pero como no puedo, dedico la mayor parte de las horas de mi existencia a beber vino tinto Pago de Carraovejas del 2017, que aunque no es un caldo de una maceración prefermentativa excesiva, si que predispone a mi «yo» vulnerable a soportar, transigir, aceptar y tolerar toda la mierda que se me viene encima cuando me alejo de mi rincón favorito, que por una de esas agotadoras casualidades existenciales, se encuentra en la habitación donde a veces duermo y me maldigo.
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