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| Alfred Kubin. The jump of death (1902) |
Hola:
Soy totalmente incapaz de controlar el centro de mi propia masa. ¡Quizá porque la base de apoyo no siempre es la correcta! ¿Debería dejar de experimentar con la existencia en posición de Trendelenburg? Bueno, supongo que es mejor que la postura genupectoral, ya sabes, esa que adoptamos o nos obligan a adoptar cuando alguien vestido con una bata blanca o verde (y a veces sin ellas) tiene que explorarnos el recto o el ano. Ahora mismo me encuentro sobre el suelo de la cocina y los armarios se alzan como icebergs. Podría dejar mis rarezas y volver a la posición que generalmente se utiliza para caminar, pero una especie de prescripción interna me obliga a comportarme de esta manera inusual y extraordinaria.
Furibundio lo tiene peor. En realidad no sé por qué lo llamamos así, quizá porque desconocemos su verdadero nombre. ¿Te imaginas lo qué es andar dando un salto hacia delante cada siete metros y dos saltos hacia atrás cada ocho metros? Eso le sucede a Furibundio. Y mientras salta agita unos nunchakus como si fueran unas maracas. ¡Por Dios, cómo me alegro de que mi manía sea tan benigna! Cuando Furibundio llega a su casa -y eso sucede desde el primer momento en que intenta salir de ella, pues no olvides que cada siete pasos retrocede uno- deja las armas marciales dentro de la boca de su mujer e intenta prepararse un frappuccino. Generalmente nunca llega a degustarlo, pues conforme se acerca a la cafetera se aleja de la cafetera, de la cocina, de la boca paragüera de su señora y de todo lo que quizá significaría algo en esos determinados momentos.
Josefina es una tabuladora profesional, aunque hace varias décadas que ya no tabula. La culpa la tiene su afán por llegar a hablar con las orejas algún día. Hasta ahora no ha sido capaz de conseguirlo, pero conociéndola estoy seguro de que morirá asesinada por su marido. La verdad es que este murió hace algunos años, pero su cuerpo disecado decora el recibidor. Cuando contrato a dos o tres tipos para que me lleven a su casa para hacerles una visita me paso la mayor parte del tiempo contemplando las arañas que se balancean en el techo. Mientras las miro con los nunchakus descansando sobre mis rodillas, las orejas de Josefina contemplan a los tipos contratados mientras estos a su vez observan el cuerpo embalsamado en el recibidor.
Podría seguir contándote las excentricidades de la gente que conozco. ¡Y de la que no conozco pero estoy completamente seguro de que conoceré! Ayer me quité la dentadura postiza, la sujete con delicadeza sobre las manos, bufé sobre las sujeciones metálicas y los dientes artificiales salieron volando por la ventana.
Greg
