Email del 24 de noviembre 2019

Pablo Picasso. Seated man (1971)

Querida:

¡Tú me conoces! ¡Sabes que no soy un tipo presumido! Por lo menos no tanto como la ratita de Charles Perrault. Pero a veces pienso que debería dejar de comportarme como un estúpido metrosexual y volver a las cavernas de la dejadez y el abandono total, o por lo menos, parcial. ¡Te voy a contar lo que me sucedió un día de la semana pasada! Espero que, por la amistad que nos une, intentes reprimir la carcajada y la transformes en una pequeña y delicada sonrisa.

Si no me tintara las cejas seguramente parecería que una o varias palomas han apuntado con precisión milimétrica para disparar sus defecaciones parabellum sobre ellas. Me explico mejor: tú siempre las ves negritas, pero en realidad son como el abrigo de una vaca, es decir, blancas y negras. La vejez, y su aliada las canas, casi nunca perdonan. Por esa razón cada dos semanas me las tinto con RefectoCil 3. El número equivale al color marrón oscuro. Una vez me las tinté con el color negro (RefectoCil 1) y fue demasiado. Parecía que en lugar de cejas llevaba dos cuervos dormitando plácidamente encima de cada ojo. Continúo: ese día junté el tinte con el fijador, por cierto, marca Technical Line, unté el cepillito sobre el mejunje resultante y me pringué ambas cejas. Luego dejé que pasarán 10 minutos, como hago siempre y…

¡En realidad me olvidé por completo! Mientras caminaba por la calle la gente me miraba. Yo creía que ese día mi guapura natural se había desbordado como una presa franquista y seguí caminando. En un momento dado, me senté en un bar abarrotado y pedí un cortado descafeinado de máquina con la leche natural y dos sobrecitos de sacarina. Las abuelas me miraban. Los abuelos me miraban. Los jóvenes y los maduros, tanto de un sexo como de otro no podían apartar la vista de mí. ¡Y yo me sentía único y especial! De repente, uno de los camareros que no dejaba de enfocar sus ojos hacia la parte alta de mi cara se tropezó con la pata de una silla y cayó al suelo provocando una debacle con las bebidas que llevaba sobre la bandeja. Pero increíblemente a nadie pareció importarle lo más mínimo. Todos seguían mirando mi cabeza. Me tomé el cortado de un trago, pagué y volví otra vez a la calle. Estuve paseando unas dos horas. Durante todo ese tiempo la gente no dejaba de mirarme, hasta que en un momento dado una mujer de unos 30 años se acercó y después de saludarme tímidamente con un pequeño gesto de su mano derecha, me susurró que quizá debería mirarme en un espejo. Como nunca llevo espejos, carillones o vidrieras góticas en el bolsillo me miré en una pequeña y coqueta luna de color rosado que ella me prestó…

Lo que vi era una extraña mezcla de travesti icástico y volatinero espástico. Las cejas en lugar de parecerse a eso, unas cejas, eran similares en apariencia a dos pegotes alquitranados a los que un albañil con serias deficiencias psíquicas hubiera arrojado sobre otro albañil, más o menos sandio, para robarle el yogur desnatado de la merienda. Cuando grité aterrorizado, la mujer me dijo que quizá la única solución sería afeitarme las cejas a lo que yo le respondí con otro grito, este a muchísimos más decibelios que el anterior. Cuando llegué a casa y me miré en el espejo del aseo sentí ganas de suicidarme tragándome el tubo de RefectoCil con tapón y caja incluidas, pero al final fui capaz de reaccionar e intenté quitarme el tizne oleaginoso. No fue sencillo, pero al cabo de tres horas lo conseguí.

Para tranquilizar mis nervios no se me ocurrió otra cosa que sentarme y escribir un relato sobre mi personaje preferido, el churrero castañero ambulante y detective privado García Pérez, que titulé Los asesinatos estocásticos y que pronto trasladaré triunfalmente a este blog.

Maruja Greg