Email del 7 de diciembre 2011

Cornelis Norbertus Gijsbrechts, «Reverse side of a painting» (1670)

Hola:

Por algún capricho de la madre naturaleza, soy incapaz de concentrarme en algo durante más de cuatro segundos, así que puedes imaginarte en lo que puede llegar a convertirse un ejercicio tan banal como afeitarse u orinar, por ponerte unos ejemplos. ¡Ahora ya sabes por qué delego en ti cuando hay que rellenar un documento o registrarse en algún organismo público! Hasta donde yo recuerdo, sólo una vez he podido llevar a cabo una tarea concentrado durante mucho más tiempo; ocurrió no hace demasiados años y la verdad es que me da un montón de vergüenza contártelo, pues no es nada de lo que pueda sentirme orgulloso: una tarde de verano asquerosamente húmeda  y arrastrado por un deseo salvajemente lujurioso e irrefrenable, estuve cerca de cuatro minutos oliendo una berenjena madura mientras sumergía el ombligo en el agua de una jofaina de porcelana. ¿Por qué sumergía el ombligo en agua? Está claro, ¿no?: para lavármelo.

Es posible que mis extravagancias puedan llegar a turbarte, pero piensa que de momento no existe una máquina que mida el grado de rarezas individual y que lo que para unos es inaceptable para otros es dogma de fe. Conozco a un tipo que se ducha a pata coja porque admira a los flamencos (las aves, no los artistas del cante hondo) y aunque a veces se cae y se parte la cabeza, me parece una excentricidad preciosa y digna de una persona con una grandísima sensibilidad. Tengo una amiga que en lugar de preparar la tarta de queso con queso prefiere hacerla sin queso aunque se pone realmente violenta si alguien se lo hace notar,  y un tío que cuando compra en una zapatería pide un kilo de ostras provocando el enfado del dependiente y cierta vergüenza a los zapatos italianos en oferta.

Cada uno de nosotros es un mundo y cada una de nuestras pequeñas locuras nos hace más simiescamente humanos, por lo tanto, no es de extrañar que en nuestra sociedad existan manicomios y además estén todos llenos. De todas formas y llegados a este punto, creo que deberíamos intentar distinguir el falso rarito del verdadero; es decir, el sujeto anormal por defecto y el que sólo quiere llamar la atención. Los primeros nacen, viven y mueren de una forma demencial pero genéticamente programada, mientras que los segundos interpretan un papel mal escrito en una especie de comedia rancia cuyo argumento trata sobre el fraude existencial.

Particularmente, nunca he representado un rol diferente fuera de las paredes de mi habitación y mira que he tenido oportunidades. Por eso todavía estoy sano mentalmente y causo cierto grado de fascinación enajenante allá por donde paso. ¡La gallardía tiene sus inconvenientes!

Abrazos momentáneos.