Email del 8 de enero 2012

Gustave Caillebotte, «Côte de boeuf» (1882)

Hola, querida:

Dentro de unos pocos días cumpliré cincuenta tacos. ¡Medio siglo! Y pienso celebrarlo denunciando a Dios en los tribunales. Como dispongo de un buen abogado, recién salidito del Centro de Inserción Social Victoria Kent y con experiencia en casos difíciles, estoy casi convencido de que podré sacarle medio paraíso celestial y, si hay suerte, un par de ángeles para que me arropen vestidos con picardías de gasa atrevidos y sofisticados cada una de las noches de mi futura existencia, si es que me queda algo de futura existencia. ¡Me encanta denunciar y ser denunciado! En estos dieciocho mil días de vida he sido denunciado en varias ocasiones. Esta es la lista (casi) completa:

Enero de 1962: Mi padre me denunció por cohecho cuando intenté sobornarlo para que me diera más amor y cariño.
Abril de 1977: Mi mejor amiga me denunció por tocamientos impúdicos, lúbricos y libidinosos demasiado pulcros, recatados y pudorosos.
Diciembre de 1985: Me denuncié a mí mismo por malversación de fondos y por no estar de acuerdo en casi nada.
Mayo de 2010: Una camionera llamada Lucy Tatoo me denunció por que le salió del toto (palabras textuales).

Pero, no te equivoques, también he denunciado a más de uno y he disfrutado viendo su cara avinagrada sentada en el banquillo mientras contemplaba como perdía el juicio. Porque yo jamás he perdido ninguno:

Junio de 1984: Denuncié a mi vecino Fermín por abusar de un bistec strogonoff.
Diciembre de 1985: Me denuncié a mí mismo por malversación de fondos y por no estar de acuerdo en casi nada.
Enero de 1999: Denuncié al sacerdote de la parroquia vecinal por ser gordo.
Mayo de 2007: Denuncié a mi ficus preferido porque entró en una etapa clorítica.

Seguramente te preguntarás: ¿qué narices me importa lo que este tipo me está contando? Pues tienes toda la razón; ni siquiera me interesa a mí, si te lo cuento es simplemente porque no se me ocurre absolutamente nada que escribirte, pues el pensamiento frustrante sobre mi inminente aniversario paraliza a mis viejas y cansadas neuronas y, sobre todo, proporciona dolor y pesadumbre a mi ajado «aquí y ahora», más pendiente del desayuno que de otra cosa. Así que como dijo el margrave de Brandeburgo, Hans-Jürgen Kreuzpaintner: «me retiro a la intimidad de mis pensamientos».

Besos.