Email del 17 de febrero 2012

Pablo Picasso, «Dos mujeres corriendo por la playa» 1922

Amiga mía:

Hace 300.564 años y 17 días un prehumano bastante cubierto de pelos elásticos, resistentes, y porosos, -aunque esto último no importa demasiado- se rompió una uña mientras jugaba al prefútbol con una piedra que previamente había sido seleccionada por su falta de aristas y su forma redondeada; desde entonces, muchos otros individuos peludos o calvos se han roto diversas partes de su desgalichada anatomía intentando hacer deporte, simplemente para sentirse mejor internamente o porque han escuchado en alguna parte que alarga la vida y reduce el estrés. La última vez que hice algo que remotamente podría llamarse ejercicio fue a los 16 años, cuando tuve que salir corriendo detrás de una trucha ladrona que acababa de robarle un gato lustroso a mi madre mientras preparaba la cena, ¿o fue al revés? No importa. El caso es que desde aquel día no he vuelto a salir disparado detrás de ningún bicho, humano o cosa, ni siquiera para huir de algunas mujeres completamente obnubiladas por mi belleza natural y mi don de la palabra que intentaban poseerme por unas horas a cualquier precio.

Que me disguste moverme más de la cuenta no quiere decir que no admire a ciertos atletas de élite cuando demuestran sus cualidades por la televisión. Me encanta el atletismo, sobre todo cuando se caen al suelo y se les queda una cara de ameba abrumada; disfruto con los chefs creativos y su pomposidad extrema porque, aunque creo que la cocina creativa no está de momento catalogada como deporte, me parece un ejercicio físico de primera magnitud… ¿o no es gimnástico el uso de nombres kilométricos para designar a una puta comida? Pero creo que me estoy saliendo del tema y no debería: siempre que me sucede esto, algunos amigos envidiosos me tachan de post-chimpancé y acabo teniendo que esconder los cacahuetes en el armario empotrado para poder defenderme de las acusaciones sin que la sangre llegue al rio.

Tengo amigos que corren todos los días, que aprovechan cualquier jornada libre para hacer puenting, rafting, skydiving o cualquier deporte de esos que se denominan «de riesgo» y terminan con el sufijo «ing». Algunos incluso, si se encuentran especialmente ahítos de dinamismo optimizado, se arrojan de un avión a 1500 metros de altura (creo que se llama paracaidismo) sin miedo a que la vejiga se les prolapse; otros se visten con un traje de neopreno que no les realza la figura en absoluto y se sumergen en el mar dispuestos a molestar a los peces, pulpos y cangrejos o se suben a una tabla de planchar mientras intentan deslizarse sobre las olas, por supuesto después de pasar por la peluquería y haberse tintado de rubio oxigenado el cabello (y las ideas).

Como ser medianamente civilizado, puedo llegar a admitir que el ejercicio físico es importante para la salud, pero personalmente me decanto por la gimnasia mental y sus múltiples variantes. Me interesa poseer una mente ágil y un cerebro musculado y fibroso, pues es la única manera que tengo de entender la factura de la luz sin sufrir una apoplejía. De momento, creo que ya he pensado suficiente escribiendo este email tonto y simplón.

Saludazos.