Email del 1 de junio 2012

Damien Hirst, 20 Pills. 2005

Hola:

Ya hace verdaderamente calor y dicen que el bochorno incrementa la imbecilidad, por lo que voy a comenzar a tomarme el Idiotin 500, que me va fabulosamente bien. Si me tomo 3 comprimidos al día puedo aguantar a un cenutrio a 20 metros sin sentir el impulso de extraerle los globos oculares de sus órbitas y prepararme con ellos una tortilla sabrosa. Incluso puedo ser capaz de entablar una conversación con alguno y sacar provecho de ella. Pero no voy a hablarte de cafres en este email, sino de achaques de la edad. Cuando uno llega a los 50 de una pieza, siente la tentación de creer que en adelante todo va a ser igual, es decir, que la salud no va a gastarle ninguna putada por lo menos hasta los 90 y de esa forma, sin ser consciente, comete una idiotez, por lo que  se pone a la altura de los seres sobre los que he despotricado en las primeras líneas. Como coleccionista profesional de dolencias y enfermedades, estoy altamente capacitado para criticar y maldecir el paso del tiempo y, sobre todo, sus terribles consecuencias.

La madurez podría ser un adelanto racional de la vejez, pero sin embargo, y debido sobre todo a los excesos del pasado, tiende a convertirse en una especie de pago con intereses de lo que será el futuro próximo. Algunos se acostumbran a vivir con los dolores y los chasquidos de los huesos retumbando por encima del ruido que hacen sus mandíbulas al temblar, y si algún día no les duele nada, se sienten enormemente defraudados y tienden a pensar que la mejoría es el primer paso inaudible al colapso final; otros, entre los que me encuentro yo, ni siquiera pensamos en ese tema, simplemente miramos a otra parte, sobre todo al trasero de una chica de 18 con pantalones ajustados o a la tarjeta de crédito si es una mujer, procurando quitar hierro al asunto, en un vano y estéril intento de comportarnos como lo que ya no somos: jóvenes y con ganas de comernos el mundo. Mientras lo intentamos, olvidamos que el mundo es correoso y muy grande, de modo que no puede ser tragado de un bocado, a menos que seas estúpido, lo que nos vuelve a llevar al tema del que no quería discutir en este texto.

Por eso, y después de grandes meditaciones, he llegado a una conclusión: la vejez y la tontería forman parte del mismo equipo, por llamarlo de alguna manera. Ahora bien, aunque todos conocemos abueletes que discurren y además lo hacen bien, no por eso podemos dejar de separar ambos conceptos y sentirnos orgullosos y tranquilos. Si algún anciano o incluso maduro todavía tiene sus facultades mentales intactas es, o bien porque está enganchado al Idiotin 500, o simplemente porque con algo de esfuerzo y por alguna extraña razón, intenta parecer lo que no es, y lo que ya nunca podrá llegar a ser, es decir, joven y con ganas de comerse el mundo, ni siquiera un continente o una porción del tamaño de un portaviones; principalmente por que los portaviones cuestan un dineral y no están diseñados para ser comidos, eso sin contar que están fabricados con hierro y aleaciones intragables y, sobre todo, porque no existe cantidad suficiente de sal de frutas en el planeta que pudiera aliviar tal digestión.

Si yo, en estos momentos de mi vida, pertenezco al grupo de los maduritos, al mismo tiempo dependo de la memez y la torpeza mental para justificar eso que algunos llaman el principio del fin. Y el fin no tiene solución. Ni siquiera para los ricos, banqueros o especuladores. Todos acabaremos en un hoyo, y nunca sabremos la razón. Nacimos gracias a un acto sin sentido y la palmaremos rodeados de mierda, facturas y vacío intelectual a partes iguales. Mientras nos preparamos, el tiempo pasa y los medicamentos suben de precio, entre ellos mi adorado Idiotin 500.

Perdón por este email tan estúpido. Hace una semana que no me tomo los comprimidos.