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| Leonardo Da Vinci, Fragmento de un dibujo, sXVI |
Hola:
El cerebro humano tiene cerca de mil millones de neuronas y, a su vez, cada una de estas neuronas puede disponer de una media de mil conexiones con otras neuronas, es decir, un billón de conexiones. Lamentablemente, más de la mitad de la población mundial desperdicia todas estas posibilidades, de ahí que cuando intercambio palabras con alguien, por medio de una conversación, siento que estoy dialogando con un langostino, con todos mis respetos para los crustáceos decápodos, que por otra parte nada tienen que ver con la pereza e incapacidad racional humana. Nuestras maltratadas neuronas, trabajando en conjunto y sin sentir celos las unas de las otras, pueden incrementar la capacidad cerebral a 2.5 petabytes, o lo que es igual, dos millones y medio de gygabytes. Entonces ¿por qué una gran parte de nosotros, los seres humanos, somos incapaces de aprendernos nuestro propio número de teléfono o la cifra que está impresa en el DNI? Sin embargo, aunque seamos incapaces de retener datos de interés para nuestra supervivencia en sociedad, no tenemos ningún problema para recordar sucesos inútiles como el número de putas por las que se ha pagado o las veces que a tu pareja le ha entrado un repentino dolor de cabeza justo unos minutos antes de acostarse.
Cuando hablo del ser humano, no lo hago como ejercicio distópico, sino como reflexión de lo que podría y no puede ser. Y que conste que no soy un racista eugenésico -por lo menos eso creo cuando de vez en cuando encuentro a un tipo o tipa con las que se puede platicar- pues aún conservan intactas la mayor parte de las dendritas y los axones. Desgraciadamente, buscar y localizar a uno de estos seres implica un gran gasto de tiempo y salud, y lo que es más lamentable, compromete la dignidad individual, transformándola en una especie de quilombo donde todo está permitido y donde sólo sobresale el que menos cosas tiene que decir.
Llegados a este punto, poco importa si en el camino las lagrimas han dejado escocidas las mejillas o si por el contrario uno es un ojienjuto melindroso con capacidad ilimitada para concentrarse en un punto inexistente. El resultado no puede ser más avasallador e impío. Poco o nada importa que tras la extravagancia escondida entre las sábanas del orgullo ensimismado se esconda un trujal dispuesto a estrujar la inconsciencia o el desconocimiento. Poco o nada importa que tras ese millón de ideas preconcebidas, adornadas con los oropeles que el paso del tiempo ha establecido, escondamos un chafarote afilado preparado para cortar de un tajo el sinsentido concebido por la unión de las ideas y el recuerdo.
No sé si después de leer este texto estarás o no de acuerdo conmigo. No me importa demasiado. Lo que verdaderamente me quita el sueño es descubrir que la idiotez se abre camino como un dardo envenenado, mutando nuestros deseos innatos en fruslerías que sólo valen su peso en miligramos.
Un beso.
